El cuento que he escrito yo del que estoy más orgullosa, es EL CABALLO HA MUERTO.
Es romance, drama y acción. A mí me gusta mucho.
Aquí lo teneis, leedlo y disfrutadlo.
Xao
XD XD XD
Pequeñas damiselas, grandes hombretones,
esta historia no os podéis perder. Es la historia del grandioso rey Ricardo y
sus tres hijos. Sí, sí, el rey Ricardo, el de Robin Hood, pero no tiene la
misma edad. En esta historia, el rey Ricardo tiene, nada más y nada menos, que
cincuenta años. Empezaré a hablar de su familia:
Jocelyn, su difunta mujer, murió al nacer
su último hijo, Jack.
Amy, su hija, tiene 20 años, le importa
mucho su aspecto y no soporta a los plebeyos.
John, su hijo, tiene 30 años, es un gran
espadachín, ha combatido en muchas batallas y es el futuro rey.
Y, por último Jack, la desgracia de la
familia. Tiene 18 años. Su padre está muy decepcionado con él. Es bueno con los
plebeyos, es mal espadachín, no sabe dar órdenes, sólo cumplirlas….
Seguro que pensaréis: “pero ¿el rey Ricardo
no era bueno?”. Os voy a responder: Sí, pero desde el día en que murió su
esposa no volvió a ser el mismo; maltrataba a los pobres, les robaba la comida
y el dinero… Erar peor que el mismísimo Juan. Lo malo es que Robin Hood ya no
estaba, se había ido a vivir a España con Lady Marian y ya no había nadie que
le pudiera parar.
También, antes de empezar, he de deciros
que, en el reino, todos tenían su mascota personal, y si moría, tanto el dueño
como el animal, a las veinticuatro horas moría el otro; pero los más ricos
tenían los animales más majestuosos.
Pero no me enrollo más y comenzaré con la
historia.
Lunes, 15 de
febrero de 1273, 9:30 La bella Dana
Smith
Un día como otro cualquiera, una campesina
normal caminaba con una cesta por el bosque. La gente dejaba a sus animales
correr por el bosque, así que había muchos animales y no le preocupaba. La
chica vio al animal del rey, un caballo.
El caballo era de pelaje negro con unos
ojos oscuros a juego con el pelo. Era el caballo más bello del reino, por eso
era el caballo del rey.
Estaba corriendo ya que también era él el
que vigilaba que ningún animal dañara a otro; insultaba (en idioma animal) y no
incumplía las demás leyes que impuso su tatarabuelo una vez.
Pero algo sucedió, el pueblo enemigo le
lanzó una flecha.
La muchacha corriendo se dirigió hacia él.
- ¡Oh no! El caballo está herido, pero eso
significa que mañana morirá el rey.- dijo con una sonrisa en la cara. Pero…
¡qué digo! Le llevaré el caballo al rey. ¡Minimus!.- dijo llamando a su hormiga
– Lo siento Tiniebla pero tendrás que conformarte con que te lleven a palacio
una hormiga y una joven campesina.
El caballo (Tiniebla) lanzó un gemido y se
pusieron en marcha.
Al llegar al castillo la muchacha le dijo
al rey:
- Mi señor, yo estaba caminando por el
bosque cuando vi que Alvernudia (el pueblo enemigo) lanzaba una flecha a su
caballo y, a rastras, lo traje hasta aquí por si los médicos podían hacer algo.
No sabía el qué pero a Jack le atraía algo
de la muchacha.
Quizá su rubio cabello, que relucía con la
luz del sol reflejada en las vidrieras, o sus grandes hermosos ojos azules.
Pero también podía ser su chata y bella nariz, no como la suya que era
puntiaguda. Sus finos labios también eran podían ser. Pero ella tenía algo que
nadie más tenía: su dulce voz. En
resumen, era preciosa y dulce.
El rey comenzó a hablar:
- Muchacha, ¿cuál es tu nombre?
- Smith, Dana Smith.
- Dana, gracias por tu colaboración.- dijo
el rey.
- Márchate ya, plebeya porque si no te
mataremos- dijo John.
Dana, humildemente, hizo una reverencia y
se fue.
- Padre, encontraremos la cura, esté tranquilo.-
dijo John.
- John, ¿puedo hablar contigo un momento?,
a solas.- dijo Jack.
- Claro hermanito.- fue su respuesta.
Salieron del gran salón y Jack comenzó a
hablar:
- ¿Por qué la has tratado así?
- ¿A quién?
- A Dana Smith.
- Venga hermanito, es una plebeya.
- ¡No, hermanito! No puedes tratar a la
gente así porque no tengan dinero. Además, ¡tú se lo quitas! ¡No es justo!
En el gran salón se oían gritos.
- Hermanito ¡cuántas veces te lo tengo que
decir! En la vida, unos ganan y otros pierden. La vida no es justa para los que
pierden.
- Pero…
- ¡SHH!- le cortó a su hermano – vamos con
padre, que le quedan unas horas de vida.
Esta última frase la había dicho con una
sonrisa maliciosa. No parecía estar muy triste por la posible muerte de su
padre.
- Padre, iré a la enfermería a ver cómo
está Tiniebla.- dijo John haciendo la pelota.
- Vale, John.- dijo Ricardo.
Mientras John se iba, Ricardo recordó la
canción que Jocelyn le cantó al morir:
No llores más por mí
Y no te vuelvas como tu hermano.
Sé valiente por mí.
Y en mi final quiero que me tomes la mano.
El rey, al recordarla, rompió a llorar.
Mientras tanto, John fue a ver al caballo y
los médicos le dijeron:
- El caballo se pondrá bien, tranquilo.
- ¡Eso no me tranquiliza nada! ¡Me da igual
cómo pero matad al caballo!
- Pero… es su papapa padre.
- Me da igual. No, mejor lo mataré yo
mismo. Pero ¿y si vosotros avisáis a alguien? Ya lo tengo – Le inyectó al
caballo una jeringuilla y dijo abriendo la puerta: ¡Guardias! Han inyectado al
caballo una jeringuilla venenosa. Os ordenó que los matéis inmediatamente -
dijo con voz maliciosa.
- No, por favor ¡nooo! – gritaron los médicos.
Pero ya era demasiado tarde, los habían
matado.
- Limpiad esta habitación. Yo enviaré
cartas a sus familias y decidle a mi padre que contrate a más médicos por la
historia y blablablabla.
Mientras el príncipe escribía las cartas,
los guardias avisaban al rey.
- Mi señor, los médicos han inyectado
veneno al caballo y Sir John nos ha dicho que los matemos.
- ¡Bien hecho! Por lo menos tengo un hijo
que me seguirá.
- Ejem – dijo Amy indignada.
- Tú eres hija, me refiero a…. – le
respondió.
- Papá, sé que te refieres a mí – dijo Jack
mientras se iba a su habitación.
Al pasar por delante del despacho real, su
hermano salió y dijo:
- Lleva estas cartas a las casas de los ex
médicos.
- ¿Por qué yo?
- Porque eres el debilucho de la familia –
dijo dejándole las cartas en el pecho y se fue.
- Primera familia: Los Carter.
Su casa era más bien un albergue. Había una
mujer en el mostrador y una niña jugando sola con una muñeca. Parecía tener
seis años.
Jack entró en el albergue y dijo:
- Disculpe señora, soy el príncipe Jack y…
- Disculpe señor, - hizo una reverencia y
dijo – Emily, éste es el príncipe Jack, sé considerada y arrodíllate ante él.
- A mí no me gustan los príncipes, nos
quitan el dinero y la comida y hace unos años me quitaron a mi muñeca favorita
para la sobrina del horrible rey.
- ¡Emily! Disculpe, señor ¡perdónela!
- ¿Perdonarla? ¿Por qué? Mira Emily, eres
la niña más valiente y sincera que he conocido nunca. Así que te daré una
recompensa, te daré tu muñeca. Pero tengo una mala noticia, su marido ha
muerto.
- ¡No! – gritó la pequeña Emily, y se fue
llorando a su habitación.
- ¿Por qué lo han matado? – dijo la mujer
secándose las lágrimas.
- El príncipe John le ha puesto algo al
caballo y ha inculpado a los médicos. Odio a mi hermano, a mi padre y a mi
hermana.
- Yo también, ¡ojalá tú fueras el rey! Todo
sería mucho mejor. Bueno, Adiós
- Adiós. Ah, dígales a todos sus conocidos
que vayan el sábado a las diez de la mañana a la plaza y que vengan con sus
peores ropas.
Cuando el príncipe se marchó, la mujer
salió del albergue y se lo contó a todos sus conocidos. Se enteró todo el
pueblo ya que también se lo dijo a las tres familias siguientes. Pero aún le
faltaba una.
Al llegar a la última casa llamó y dijo:
- Buenos días – al levantar la cara le
pareció ver a un ángel porque se encontró con Dana Smith – Tú eres la muchacha
de antes.
- Tú eres el príncipe.
- ¿Dónde está tu madre?
- No está aquí.
- ¿Y cuándo vendrá?
- Tonto, no lo pillas. Está muerta.
- Y ¿con quién estáis?
- Con nadie. Me quedo yo todo el día con
mis hermanos hasta que vuelve mi padre.
Le empezó a sudar todo el cuerpo y dijo:
- Tu padre ha muerto.
- ¿Por qué? ¿Le ha matado alguien? ¿Quién?
- Sí, le ha matado mi hermano.
- Escúcheme, mi padre no hacía daño a una
mosca y nunca se equivocaba, era buenísimo y… - el príncipe le tapó la boca con
el dedo.
- Él ha matado al caballo, no los médicos
pero ha inculpado a los médicos.
- ¿Cómo?
- Lo descubrí. Muy fácil. Él está ansioso
por ser rey y como los médicos no le iban a hacer daño…
- Lo descubriste.
- Exacto. ¿Cuántos hermanos tienes?
- Ocho, y tres hermanas.
- ¡Guau! ¡Cuántos hermanos!
- Sí, pero los más mayores también me
ayudan a cuidar a los más pequeños. Adiós.
- ¡Por poco se me olvida! El sábado a las
diez en la plaza y venid con vuestras peores prendas. Avisad a todos vuestros
conocidos. Adiós, mi princesa – La chica se puso roja y no pudo reprimir una
sonrisa.
- ¡Adiós, príncipe Jack! ¡Qué gentil!
Al llegar al castillo, Jack vio a su padre
llorando.
- Los médicos hacen todo lo que pueden – le
intentaba calmar Amy.
- Soy muy joven para morir – se quejó el
rey
- Muyyyyyyyyy joven – dijo por lo bajo
sarcásticamente una criada.
Martes 16 de
Febrero de 1273 La muerte
De repente, apareció un médico:
- ¡El caballo ha muerto!
- ¿Cuánto tiempo me queda de vida? –
preguntó el rey intentando contenerse.
- Dos horas, como mucho –le respondió el
médico.
El rey se secó las lágrimas del todo y
dijo:
- Decid a todos los súbditos que vengan a
la plaza de inmediato. Quiero ver la coronación de mi hijo.
Los guardias se fueron a avisar a todo el
pueblo y, poco a poco, la plaza se fue llenando.
- Queridos súbditos, me quedan menos de dos
horas de vida y quiero ver la coronación de mi hijo John.
Mientras el rey daba el discurso, Jack
estaba con los plebeyos y les decía:
- Cuando cuente tres decid: “No queremos al príncipe John”
- ¡Una! – gritó Jack
- ¿Qué haces? – Le preguntó su padre.
- ¡Dos! – volvió a chillar Jack.
- Deja de hacer eso, es insoportable.
- ¡Y tres! - Gritó con todas sus fuerzas
Jack.
- ¡No queremos al príncipe John! – Gritaron
todos - ¡Queremos al príncipe Jack! – añadió la mayoría.
- John, yo no les he dicho que digan lo del
príncipe Jack, sólo les he dicho lo del príncipe John.
- Como si eso lo calmara todo – le
respondió John.
- No quiero ser rey, sólo quiero que te
comportes – John soltó una carcajada – Aún no he acabado. Quiero que seas un
rey digno de recibir esa corona.
- ¿Dices que no soy digno? ¿Has oído padre?
¡Dice que no soy digno! Hermano, antes de hablar, utiliza un espejo ¿quieres?
- Tampoco he dicho que yo sea digno.
Hermano, creo que deberías enseñarme a usar la espada y yo, a cambio, te
enseñaré a ser buena persona ¿Aceptas el trato?
- Esta mañana te habría enseñado a usar la
espada pero no a que me dieras clases de buena persona ¿Te crees que después de
lo que has dicho puedo aceptar? No, ni te enseñaré a usar la espada siquiera.
Ahora, prosigan con la coronación.
- Hermano, ¡no ganarás! Y cuando ganen los
humildes, vendrás de rodillas suplicándome.
- He dicho que prosigan – dijo con tono
autoritario, sin mirar a Jack.
Al llegar el momento de poner la corona a
John, el rey Ricardo se desmayó y, acto seguido, cayó al lugar donde se
encontraba la multitud.
Las mujeres chillaban, los niños lloraban y
el consejero real le dijo al príncipe:
- Esto es un alboroto. Deberíamos dejar la
coronación para otro día. Hoy debemos hacer el funeral.
Se oyeron susurros sobre el mal
comportamiento del príncipe John.
- Y ahora, le entregaré esta corona que
llevó: el rey Ricardo, el rey Joaquín, el rey Bernard…
- Vale, todos sabemos quién llevó esta
corona.
- He aquí la corona.
Al ponerle la corona la gente gritó de
alegría para que no les cortaran la cabeza.
Al acabar de chillar se oyó una voz
angelical:
- ¡Nos matas de hambre a mí y a todos mis
hermanos y nos has dejado huérfanos! ¿Qué más nos vas a hacer ahora que eres
rey? ¿Nos quitarás los únicos harapos a los que llamamos ropa?
- Quiero que venga a mi despacho – susurró
el rey John a su consejero.
- ¡Y ahora habla con su consejero! ¿Qué
clase de rey es éste que da la espalda cuando le hablan?
- ¡Usted! ¿Cómo se llama? – le preguntó el
rey John.
- Smith, Dana Smith – le dijo Dana con cara
de enfado.
- Usted avisó de que el caballo moría.
- Y lo trajimos del bosque a palacio mi
hormiga y yo.
La gente se asombró y, a continuación, John
ordenó:
- Esta conversación seguirá en mi despacho.
Dana salió de entre la multitud y se
dirigió al despacho del rey John. La gente la siguió con la mirada hasta que el
rey John dijo:
- ¿Qué estáis mirando? ¡Iros a vuestras
casas a comer!
John también se fue. En la plaza sólo
quedaba Jack.
- No puedo permitir que le haga nada a
Dana. Le espiaré.
Cuando Dana y John se metieron en su
despacho, Jack pegó el oído a la puerta.
- Sé que ahora los tiempos son difíciles
para vosotros…
- ¡Y tanto! – respondió Dana cortándole.
Por un momento, su voz no sonó tan angelical.
- He tenido una idea para los Smith.
Podríais venir a vivir al castillo con una condición… - en la última frase puso
una sonrisa maliciosa.
- ¿Cuál es? Haría lo que fuera – Dana lo
dijo tan rápido que Jack casi ni la entendió.
- Casarte conmigo – Dana se llevó la mano
al pecho y se puso en pie. Estaba tan asombrada como Jack. Se levantó y caminó
hacia atrás tirando sin querer una maceta. Jack esperó hasta oír su respuesta.
-No, no – dijo como si le faltara el aire.
- O prefieres ir tú y tus hermanitos al
orfanato.
- Está bien. Me casaré contigo- fue la
respuesta que sonó tartamudeando.
Jack se desmayó.
Miércoles 17 de
febrero de 1273 19:45 ¡Adiós Jack!
Jack entreabrió un poco los ojos y aunque
veía un poco mal preguntó:
- ¿Dónde estoy?
- Acabas de despertarte. Ayer te desmayaste
y los médicos te trajeron aquí, la enfermería – la voz le resultó familiar.
- ¿Quién eres? – seguía con los ojos
entrecerrados y viendo un poco mal, pero mejor.
- Soy Dana Smith, la plebeya. Aunque dentro
de unas horas, la reina.
Jack abrió del todo los ojos y, con prisa,
se sentó.
- ¿Te casarás hoy con John? – Preguntó
Jack. Su voz no se parecía a la de antes, ya que antes sonaba indecisa y ahora
más alterada.
- No, hoy me entregarán la corona y el sábado…
- no terminó la frase; ambos sabían la respuesta.
- Por favor, no te cases con John – Jack lo
dijo ahora suplicando; junto las manos para decirlo.
- No tengo remedio; si no, iremos al
orfanato, mis hermanos y yo.
- Entiendo – dijo Jack decepcionado. Pero
hizo un acto histórico, un acto que nadie se imaginaba, un acto mágico. Agarró
a Dana por el brazo y se la llevó. Los médicos le decían: “Aún no estás bien
del todo” – pero no hizo caso. El siguió corriendo llevándose consigo a Dana
que gritaba de miedo.
Llegaron al patio de atrás.
- Dana, no tenemos mucho tiempo, lo sé;
después de esto, me iré a vivir por los montes pero quiero que sepas una cosa:
“Te amo”. Eres mi princesa y siempre lo serás, pero he de decirte adiós.
- ¡No, Jack! ¡Me iré contigo! Quiero ir
contigo; no amo a John, te amo a ti – Dana lloró al decirlo, le amaba.
- No puedes venir conmigo; lo siento, pero
si quieres volver a verme, haz una cosa: ven mañana a las nueve y veintisiete
de la mañana a la roca de Excalibur
que quedó abandonada hace tiempo. No esperaré más de un minuto; recuerda,
mañana a las nueve y veintisiete en Excalibur. Princesa, no llegues tarde. Te
amo.
- ¡No, Jack! ¡Vuelve! – mientras sollozaba
se iba tirando lentamente al suelo.
Apareció el príncipe John corriendo y fue
al suelo.
- ¿Te ha hecho daño? – preguntó John
preocupado.
- Mucho – Dana se secó un poco las
lágrimas.
- ¿Te ha dado latigazos? ¿Te ha tirado al
suelo? ¿Estirado del pelo?
- Es la peor cosa del mundo – Dana le
contestó un poco más calmada.
- ¿Qué es? Le mataré por ello.
- No se puede describir con palabras –
sonaba peor que en la última frase, más triste. Se secó las lágrimas y dijo a
continuación: Pero, por favor, no le mates.
- Si es eso lo que quieres, así será – dijo
John – pero habría preferido matarle.
- Quiero estar sola en mi cuarto – Dana ya
no tenía lágrimas pero sonaba con la nariz taponada.
Jueves 18 de
febrero 1273 9:00 El encuentro
Dana se levantó con mucha prisa, corrió hacia
la cocina y preguntó a las cocineras:
- ¿Qué hora es?
- Las nueve, señora – le respondió la
cocinera bajita y regordeta que metía en la cacerola unos puerros.
- Gracias, ¿cómo te llamas?
- Anabel, señora.
- Gracias, Anabel. Por cierto, no hace
falta que al acabar las frases me llames señora, todavía no soy reina. Además,
me gusta que me hablen como a una persona normal, no de la realeza. Soy Dana,
llámame Dana.
- De acuerdo, Dana.
- Muchísimas gracias, Anabel. Adiós.
Estuvo un cuarto de hora jugando a las
cartas solas y, al finalizar, se vistió y fue a por un caballo. Eran las nueve
y veinte cuando salió del castillo hacia el bosque.
Llevaba un precioso vestido amarillo con
bordados dorados. También llevaba unos bonitos zapatos negros de tacón que relucían
con la luz del sol; un par de guantes negros con los que sujetaba las riendas
del caballo y un reluciente collar de diamantes plateado con gemas azules. Para
acabar, dos pendientes de diamantes en sus perfectas orejas.
Llegó a las nueve y veinticinco, esperó dos
minutos sentada en el suelo y, a las nueve y veintisiete en punto, apareció
Jack. Agarró la cabeza de Dana y la besó durante un segundo, después añadió:
- Bien, Dana, tenemos poco tiempo.
- Jack, quiero ir contigo.
- No puedes, tienes que casarte con John.
- ¡Yo te quiero a ti, Jack! – a Dana le
empezaron a salir las lágrimas.
- ¿Y tus hermanos?
- Vendrán con nosotros. ¡Jack, no me dejes!
- Mira, éste es el plan: no te tendrás que
casar con él, ya se lo diré a los demás aldeanos. Escucha… - le contó el plan a
Dana mientras ella asentía con la cabeza.
Tras apenas veinte segundos….
- Se oyen caballos, he de irme – Dana
asintió con la cabeza y Jack se fue.
- Dana, ¿qué haces aquí? – era John e iba
con los guardias que llevaban largas espadas de acero.
- Recordar la historia de cómo tu padre fue
rey.
John la miró extrañado un segundo pero
luego dijo:
- Sí, es muy interesante ¿venís a palacio
conmigo, mi reina?
Estaba claro que John y Jack competían por
Dana ya que los dos la cortejaban.
- Está bien, ya me iba a dirigir al
castillo.
- ¿Queréis subir en mi caballo, mi lady? –
se ofreció John.
- No, gracias. Si voy con usted, un caballo
se quedará aquí solo.
John no respondió; la ayudó a subir al
caballo. De camino, Dana se atrevió a preguntar:
- ¿Qué es lo que os gusta de mi
especialmente?
John había leído el diario de Jack donde
escribió la descripción de Dana y respondió:
- Quizá tu rubio cabello, que reluce con la
luz de este sol tan bello, o tus grandes y hermosos ojos azules. Pero también
podría ser tu bella y chata nariz o puede que tus finos labios. Pero tienes
algo que nadie más tiene: tu dulce voz. Eres preciosa y dulce, en resumen.
Dana se sonrojó, fue tal la belleza de la
descripción que, por un momento, se enamoró de él, pero enseguida recordó lo
que le había hecho a su padre y pensó en abalanzarse sobre él.
Aunque él no había hecho la descripción,
sino su hermano. Lo único que había hecho era cambiar pequeñas cosas para que
encajara en el momento.
- Es usted muy poético – fue lo único que
se lo ocurrió decir a Dana.
- Gracias, pero es la verdad, eres la mujer
más dulce y guapa que he visto.
A John no le gustaba, ni le parecía guapa;
sólo quería fastidiar a su hermano.
Por el camino, hablaron de los preparativos
de la boda y, al llegar, Dana se quedó todo el día en su cuarto.
Sábado 19 de
febrero de 1273, 6:45 La pelea en la iglesia
Anabel entró en el cuarto de John para
despertarle.
- Señor John, señor John, tiene que
prepararse para la boda – le decía agitándole el hombro.
Él se despertó y agarró rápidamente a
Anabel del hombro:
- ¡Llámame rey todopoderoso!
- Está bien, está bien ¡Auch! o volverá a
pasar – gritó Anabel sollozando.
- No, no volverá a pasar. Te voy a ahorcar
por ello.
Por suerte para Anabel, Dana entró en el
cuarto en camisón y John ya la había soltado. Dana no vio nada.
- John, ya sé que no nos podemos ver pero…
- ¡Hombre, querida! – dijo yendo a
abrazarla mientras lanzaba una mirada amenazadora a Anabel.
-Estás preciosa…
- Voy en camisón – le cortó Dana.
- Tú estás preciosa de todas formas – dijo
como si le diera igual - ¿Qué querías decirme?
- Te venía a despertar, pero veo que Anabel
ya lo ha hecho… Me voy a preparar.
- Adiós, querida – le dijo saludándole con
la mano y cerró la puerta.
- Como
le digas algo a alguien… - le advirtió John.
Anabel asintió con la cabeza.
- ¡Sal ahora mismo!
Ella salió corriendo.
A las 10:00 de la mañana…
La melodía del piano sonaba y John ya
estaba en el altar. Dana estaba muy nerviosa. ¡No quería casarse con él! Sus
hermanos estaban en primera fila deseando que, al pasar, les mirara y sonriera.
Llevaba un precioso vestido blanco; no
tenía mangas y llevaba flores en el escote. Debajo llevaba un miriñaque no
demasiado grande que le ensanchaba unos centímetros la falda del vestido. El
vestido llevaba una cola de dos metros que a la gente le encantaba. También
llevaba unos preciosos guantes blancos que no llegaban al codo. Las joyas eran
dos pendientes de rubíes verdes, rodeados de plateado, con un collar a juego.
Tenía pintados los labios con un rojo intenso que le sobresalía en la pálida
piel.
Todos
la miraban y decían cosas como: ¡Qué guapa está! ¡Se merece algo mejor!
Al llegar al altar, estaba nerviosa. ¡No
quería casarse con John!
- Queridos hermanos… - el sacerdote siguió
hablando pero Dana no oía nada.
Dana miraba de un lado para otro.
- Dana ¿estás bien? – le preguntó John.
- Sí, sí claro que estoy bien, muy pero que
muy bien. Continúe sacerdote – Dana sonaba muy nerviosa pero el sacerdote
continuó.
- En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo – dijo el sacerdote
- Amén
- dijo la multitud.
- Dana ¿seguro que estás bien? – le
preguntó John de nuevo
-Sí, sí, perfectamente, son los nervios. Me
voy a casar, así que… - respondió Dana.
“Uff, me he salvado de que me pregunten
más” – pensó Dana.
"Ven Jack, ven Jack"-pensaba Dana
durante toda la misa.
-Bien hemos llegado al momento más
importante, por el que todos estamos aquí; la unión de Dana Smith y John
Collins.-dijo al fin el sacerdote.-John Collins, ¿aceptas a Dana Smith cómo
legítima esposa, hasta que la muerte os separe?-dijo el sacerdote.
-Y tanto que quiero- fue la respuesta.
-Dana Smith, ¿aceptas a John Collins cómo
legítimo esposo hasta que la muerte os separe, y aceptas a cambiarte el
apellido por Collins?-le preguntó seguidamente el sacerdote.
Dana no sabía que responder.
-Dana, cariño, responde- le presionó John.
"¿Qué digo? ¿Qué digo?"-pensaba
Dana.
La gente la miraba indignada.
-Que diga sí y punto, no es tan
difícil.-exclamaba la gente.
Su hermano pequeño, Johan, de doce años;
dijo a su hermana Jessica, de siete años. La más pequeña.
-¿Por qué no habla?
-Porque él no se la merece; se la merece
otro.-le respondió sin dejar de mirar a su hermana.
-Y tú, ¿cómo lo sabes?
-La he observado: está triste, no ama a
John, ama a Jack.
Johan se quedó callado. Pero a continuación
se puso de pie en el banco y gritó:
-¡Un momento! ¡A mí hermana le gustaría
decir una cosa!
-No Johan, me da vergüenza.-le susurró a su
hermano.
-Cíñete al plan.
-Tengo miedo.
Johan en vez de responderla dijo a todo el
mundo:
-¡Lo que tiene que decir es importante,
escuchadla!
Jessica se puso de pie en el banco, cerró
los ojos un momento extendiendo los brazos. La gente susurraba insultándola.
Veinte segundos después el sacerdote dijo a Dana:
-¿Sí o no?
Dana se lo pensó.
Cerró los ojos se le escapó una lágrima y dijo:
-Sí- estaba temblando
y por poco sollozaba, pero solo se le escaparon más lágrimas.
-El que quiera que
este matrimonio no se realice que hable ahora o calle para siempre.
-¡Me opongo!-gritó
Jessica sin moverse un pelo.
-Lo siento niñita
tonta, nos casamos. Yo gano, tú pierdes.
-¡No hables así a mi
hermana!-le chilló Dana.
-Le hablo así a quién
quiero.-le amenazó John.
-A mi familia no.
-Cariño no quiero
discutir-dijo. Le iba a agarrar el brazo pero Dana se lo apartó.
-Ni se te ocurra
pensar que mi familia van a ser tan fáciles de manipular. O le pides perdón a
mi hermana o...
John le cortó la
frase.
-¿O qué? ¿Qué tienes
tú que no tenga yo?
-Pues muchas cosas:
amor, lealtad, cariño, familia, amigos, y sobre todo nunca pierdo la esperanza.
-Yo sí que tengo
familia y amigos.
-Por supuesto. Un
hermano que se ha escapado, y que quieres matarle, y una hermana que solo
piensa en sí misma, que ni siquiera está en la boda de su hermano. Ah, y amigos
¿quién quiere ser amigo de un príncipe que solo piensa lo mejor para él?
-¡No te burles de
mí!- dijo subiendo el tono.
-¡Así no se habla a
las damas, o a las Danas!-dijo una voz familiar.
-Jack-dijo John con
odio
-John-dijo Jack igual
-¡Jack!-gritó Dana
llorando.
-Luego hablo contigo,
nena.-le dijo Jack.
-¿A qué has venido?-le preguntó John
amenazante-¿A ver cómo te robo la novia?
-A recuperar mi país.
-¿Tú país? -dijo John y soltó una
carcajada.- Me pertenece a mí. Ces't moi, en francés. Es its
mine, en alemán. È mio, en italiano. Moj je, en croata. Moe, en ruso. Maë, en
bielorruso. Y te lo podría decir en Zulú, Finlandés y Griego. Es mío al igual
que la chica.
-Ahí te has pasado.
-¿Por qué? ¿Porque la chica es tuya? ¿Quién
se va a casar con ella? ¿Eh?
-No, porque la chica no pertenece a nadie-
dijo en tono amenazante-si quieres peleamos. Pero por el reino. La chica no es
de nadie.-dijo Jack.
-¡Esto está chupado! Dame una espada. A ver
qué puedes hacer.-le respondió John clavándole una mirada fría cómo el
hielo-podría hacerlo con los ojos cerrados.
-Me has dado una idea. Cómo juegas con
desventaja, y yo con los ojos tapados, y una mano. Será divertido.
-Tú juegas con desventaja.
-¡No mientas, coge la espada!- le lanzó la
espada a John. Luego lanzó otra espada al techo, se ató un brazo a la espalda,
y se vendó los ojos con la otra mano, y le en el instante que extendía la mano
para coger la espada le calló justo en la mano y añadió.-Que empiece el combate.
Las espadas sonaban entre sí. John le dio
en el brazo a Jack.
-¿Qué? No eres tan bueno cómo decías.
-Es que estoy calentando
Cuatro minutos y Jack tenía siete heridas.
Tres en el brazo de la espalda, tres en el brazo izquierdo (el de la espada) y
una leve herida en el pecho. Todos los miraban sorprendidos. Jessica, se bajo
del banco y le susurró a su hermano:
-Es la mejor boda que he visto.
-¡El bueno va perdiendo!
-Solo está calentando ahora verás: ¡Jack
ahora!
-¿Ahora?- preguntó Jack "mirando"
a Jessica.
-¡Síííí!-chilló a pleno pulmón.
-¡Uf! Ya me estaba aburriendo.-cogió de
otra forma la espada y agitando
la espada veinte veces por segundo- Ahora
dejo de calentar.
Le lanzó la espada por los aires y se
desató la mano a tiempo para coger la espada a tiempo. John estaba atónito.
-Nunca me habían ganado.
-Creo que no podrás volver a decir
eso.-dijo Jack y soltó una carcajada.-Te doy dos opciones: me das el país y te
mato ahora o me das el país y mato a tu animal ahora.
-Mata a mi animal.
-Bien. ¡Odius!- llamó Jack al ciervo de
John. Apareció al instante. Jack sin piedad lo mató directamente.-Te concedo
veinticuatro horas como si fuera tu hada madrina.-soltó una carcajada-mañana
les dirás a todos que ahora es mío el reino.
John asintió con la cabeza y se fue
corriendo.
-¡Jack!
¡Jack!-Dana se abalanzó sobre él.-No pensé que volvería a verte.
Dana empezó a llorar.
-Dana, Dana... ¡Siempre nos encontraremos!
-¿Qué quieres decir? ¿No te quedarás
reinando aquí?
-Cariño, siempre te querré, pero tengo
cosas que hacer. Cuando estaba fuera, aunque no era mucho, vi pueblos que me
necesitaban.
Dana empezó a sollozar.
-¡No, no te volverás a ir! ¡Te necesitan
aquí también!
-Serás una fantástica reina. Nos volveremos
a ver ahí arriba.-dijo señalando al cielo azul que se podía divisar.
-¡No, me opongo! ¡No te irás, lo sé! ¡Sino
no será el fantástico cuento de hadas que tenía que ser!-gritó sollozando aún
más.
-La
vida no es un cuento de hadas: ¿en un cuento serías huérfana? ¿en un cuento no
conocería a mi madre? ¿en un cuento no tendrías ni una libra? No Dana, la vida
no es un cuento de hadas. Quiero que hagas
cuatro cosas: reina cómo una reina digna,
cásate, ten muchos hijos, y dale a todas las cosas que mi familia les arrebató;
en especial a la pequeña Emily Carter. Mañana te daré el último beso.-Jack se
fue a su cuarto. Todos fueron saliendo.
Solo
quedaban Jessica, el sacerdote, y Dana que no se movía.
-Dana yo...-le dijo Jessica a Dana
poniéndole la mano en el hombro.
-Vete. Por favor. Quiero estar sola.
Se fue sin rechistar. El sacerdote dijo:
-Yo...
-Por favor.
El sacerdote se fue y Dana se quedó allí
hasta la una, cuando se fue a dormir. En vano.
Domingo 20 de
febrero de 1273 9:00 ¡Amor mío, siempre te recordaré!
Dana llevaba un vestido precioso: Era azul
marino cómo el mar cuando se aleja al horizonte, tenía preciosos bordados
dorados de flores (lilas), unas mangas largas que llegaban hasta el suelo, y
una cola de un metro de largo. En cuanto a los zapatos, eran unos bellos
zapatos de tacón plateados, que no se veían por el vestido. Llevaba las joyas y
el maquillaje de la "boda".
En el balcón real entraron John y Jack.
-Queridos súbditos- empezó a decir John.
Jack le susurró algo al oído y repitió:-Queridos camaradas, dentro de una hora
moriré. Y quiero cederle el trono a mi hermano Jack.
Todos aplaudieron y dieron vítores mientras
John entraba en palacio, pero Jack dijo:
-¡Silencio por favor! Yo no voy a ser
vuestro rey. Voy a ir a ayudar a las ciudades que les está pasando la misma
desgracia que aquí hace apenas veinticuatro horas. Y le cederé el trono a...
¡Dana Smith!
De repente apareció entre las cortinas del
balcón Dana, y todos aplaudieron de nuevo.
-Gracias. Me gustaría decir un pequeño discurso que he preparado con
cariño:-se aclaró la garganta y añadió:
En Invierno tenía frío.
En Verano calor.
Pero siempre me despertaba con brío,
Aunque el día anterior había sido agotador.
A todos os devolveremos,
vuestros preciados objetos,
juegos, pelotas, remos...
Incluso si os han quitado el abeto.
Con esta poesía,
no hice melodía,
pero os pedimos perdón,
de todo corazón.
Todo el mundo aplaudió ante tan bello
esfuerzo.
Se
pasó el día volando. Ya eran las siete de la tarde y Jack tenía que marcharse.
-Es bello este atardecer.-afirmó Dana.
-Perfecto para acabar un cuento de hadas.
-Esto no es un cuento de hadas.-
-Dana te echaré de menos.-de repente la
cogió de los hombros y la besó.
Dos, tres, cuatro y hasta cinco minutos
enteros. Cuando transcurrió el tiempo, Jack soltó a Dana y le dijo:
-Adiós Dana, siempre te recordaré.
Se marchó.
-¡Adiós amor mío nunca te olvidaré!-le
chilló Dana a pleno pulmón.
Y no le volvió a ver. Espera, ¿qué digo? Se
volvieron a ver.
En el siglo catorce, en el cielo.
FIN
Si no entendeis alguna cosa o palabra comentadmelo.