sábado, 16 de mayo de 2015

Mi futuro libro (si Dios quiere)

Hola chicos, hoy os voy a poner el primer capítulo y la introducción del libro que quiero llevar a publicar. Espero que os guste y por favor, no olvidéis comentar y decirme qué os gusta, qué no os gusta, que debería cambiar...

AMULETO
INTRODUCCIÓN
1321. Ron, era uno de los dos monarcas que gobernaban en Roldania, Reino Unido. Cuando le ves, estás seguro de que es un rey, aunque llevara humildes ropajes, debido a su majestuosa forma de andar, su mirada por encima del hombro, o su penetrante forma de observar al no obedecerle.
    Cuando estas junto a él, sientes un miedo terrible, pues si comentes un error, como mirarle con cara rara, te lleva al calabozo. También te sientes un poco ilusionado, porque no todos los días puedes conocer al rey. Son extraños los sentimientos que se experimentan, terror e ilusión.
    Es bastante ruidoso. Sus preciosas botas de cuero, tienen un gran tacón, que retumba en el suelo de la habitación. Su respiración también es fuerte; un día estaba sentado en el trono, y un criado dormía detrás de una columna en el gran salón, y se despertó al instante. ¡Se llevó un gran susto!
La reina Anastasia, en cambio, estaba desesperada, pues no podía concebir un niño.
   Llevaban trece años casados, cuando la reina por fin dio a luz a una niña, que el rey y la reina decidieron llamar Linda. Pero la noticia no fue tan buena, porque el mismo día que nació la niña, la reina murió.

    El rey estaba confuso. No sabía si reír o llorar. Pensó en celebrar ese día el cumpleaños, y al día siguiente el funeral. “Primero las alegrías y luego las penas” decía él siempre, aunque nunca nadie sabía que quería decir exactamente.

CAPITULO 1   LA HUIDA
Dieciocho años después.
Durante este tiempo, el rey como la única persona que tenía a su lado era su hija, la malcrió. Le daba todo lo que quería. La gente pensaba que era una niña que jamás maduraría, ni podría ser reina. En realidad, ella estuvo leyendo muchas historias de caballeros, y lo que de verdad quería era viajar, viajar y vivir grandes aventuras.
    Rubia como el dulce sol de mediodía, que te quema la piel. También tenía unos ojos negros como la oscuridad de un abismo, que no deja ver lo que hay al fondo. Sus ojos no pegaban con su pelo, pero a pesar de eso era preciosa. Su nariz chata y pequeña, se confundía con una diminuta pelota. Sus oídos extremadamente finos, oían todos los sonidos que acechaban a su alrededor. Era delgada y bastante baja. Sus piernas fuertes como el hierro le permitían dar unos pasos muy firmes. Era muy hermosa. Casi podía hacer de modelo para los sastres. Si su padre la dejara, claro. Cosa bastante difícil.
    Cuando se está junto a ella, se tiene un poco de miedo, porque sabía usar el sable como el que más y con que la insultes, puede arañarte la cara. Sin embargo, si estás un rato a solas con ella, te enamoras. Te enamoras, de lo alegre que es. Divertida, misteriosa, risueña, inteligente, imaginativa... Mil rasgos se podrían decir. Era una chica extraordinaria.
   Era un tanto ruidosa, como su padre, pero su sonrisa lo compensaba. Lo que menos suele gustar es que, si quieres descansar, ella te despierta por cualquier excusa que se le ocurra. Ese es uno de sus pocos defectos.
   Aunque hubieran pasado dieciocho años, la jovencita tenía diecisiete, porque no los había cumplido por aquel entonces, pero dentro de poco los cumpliría.
 -¡Padre, dejadme en paz!-replicó Linda- Quiero estar sola en mi cuarto.
 -Pero, quiero estar con vos. Os compraré un vestido nuevo. -le suplicó su padre.
Linda cerró la puerta de sus aposentos de golpe. Cuando oyó que su padre se alejaba susurró empezando a llorar:
 -Lo siento padre. Pero he de irme.
Al instante, se puso en pie, cogió una de sus cristalinas lágrimas y la tiró con delicadeza al suelo. Dejó que ésta se arrastrara por su muñeca, su palma y acabando por los dedos. Luego, se aproximó al armario, y cogió una bolsa de cuero. De ella, sacó una lista con las siguientes cosas:
1- Vestido (sin miriñaque)
2-Arco y espada
3-Cuadro de bolsillo con retrato de madre
4- Amuleto de la suerte de madre
5- Zapatos de viaje
6-Libros de aventuras
7- Manzana y botella de agua 
    Después de mirar la lista, se cambió el vestido que llevaba, por el que tenía en la lista. Se puso una especie de cinturón que ceñía su falda a las piernas. También se cambió sus distinguidos zapatos por los zapatos de viaje. Acto seguido, se dispuso a coger las demás cosas.
    Primero, se aproximó a unos cajones al otro lado de la habitación y cogió la espada y el arco, que estaban guardados en ellos. Luego, se acercó a las estanterías y se dispuso a tomar los libros. Seguidamente, debajo de la almohada, cogió el agua y la manzana.  Lentamente, se acercó a la mesilla de al lado de su cama. Allí cogió el cuadro de bolsillo que pintó aquel pintor que estaba de moda, cuando su madre aún vivía. Además, cogió el amuleto de la suerte de su madre, porque según su padre, ella dijo estas palabras antes de morir:
 -Quiero que mi amuleto de la suerte, sea de nuestra hija. Linda...
    El amuleto era una especie de cruz; se fabricó en el antiguo Egipto. Debía ser importante para que su familia lo hubiera guardado desde hace generaciones. Era de plata de ley y resistente, y tenía unos extraños dibujos más grandes por delante que por detrás. Ella siempre había creído que estaba escrito en jeroglíficos egipcios, y que era una profecía, o algo que una heroína, ella, tendría que descifrarlo para salvar el mundo. Intentó descifrarlo, muchas veces, durante horas y días sin comer por ese maldito y extraño amuleto.
    No podía perder más el tiempo, tenía que marcharse. Según su plan, tenía cinco minutos para bajar de su gigante torre y pasar por el robusto puente levadizo. Había estado durante semanas observando meticulosamente los cambios de guardia y después de meses planeándolo, lo tenía. Sin embargo, estaba confusa. Si se marchaba, podría vivir libre y experimentar muchas aventuras, pero iba a ser el mayor acto de rebeldía que había hecho en su vida. O podía quedarse calentita en invierno siendo buenecita, pero no parar de cumplir órdenes.
Difícil decisión... Pero para ella no. Se pasó la correa de la bolsa al cuello, se metió la espada a la espalda, y pensó en aprovechar su arco para bajar por una cuerda que iba desde su habitación al suelo. Se subió a la pequeña ventana. Tres, dos, uno...
    Al bajar por la cuerda sintió muchos sentimientos que ya había sentido antes como la diversión, pero sintió uno que nunca antes había sentido: la libertad. Ya había sentido todos: rencor, tristeza, intriga... pero le faltaba uno, el más importante de todos, solo lo había experimentado leyendo en sus aposentos los libros de caballeros y aventuras: el amor.
Cuando llegó abajo se paralizó, mientras una vocecita le decía en su interior:
 -Corred. Solo cinco minutos tardarán los guardias en venir. Os quedan dos, no seáis tonta ¡Corred por vuestra libertad!
La voz sonaba a una voz de mujer. Era dulce, pero un poco mandona. Era como si le recordara a alguien que nunca había conocido, algo muy extraño.
    No sabía quién se lo había dicho, pero le hizo caso. Corrió lo más rápido que se puede correr batiendo records. Divisó las rejas de la puerta gigante cerrándose. La chica aceleró, hasta tal punto, que la gente no veía quién era. La puerta se cerraba, se le acababa el tiempo. En ese instante, los guardias aparecieron tras ella. Se cerró la puerta. Estaba perdida.
    De repente, se abrió la puerta y los hombres que la subían y bajaban no podían hacer nada. Linda aprovechó el momento. Cuando estuvo lo suficientemente abierta como para caber echó a correr. Saltó el foso porque el puente levadizo no estaba del todo abierto, y por poco se cae, pero una fuerza la empujaba hacia arriba. Estaba atónita. Al instante sonrió y susurró:
 -Soy libre-subió el tono de voz y chilló-... ¡Soy libre! ¡Basta de celebraciones! ¡Hasta que no encuentre un lugar seguro, no!
Siguió corriendo, porque sabía que no tardarían en subir la puerta.
Llegó a los campos donde vivían los campesinos. A lo lejos, consiguió divisar figuras de caballos que se aproximaban rápidamente. No lo dudó más y se metió en la casa más cercana.
La chica que estaba dentro chilló.
 -Puede que sea algo raro, pero ¿me dejáis ocultarme aquí? Unos minutos.
 -De acuerdo. Por cierto soy Beatrice. Y...-añadió la joven de su edad.
 -Muy bien, ya me contaréis vuestra historia luego. Ahora... ¡Por favor escondedme!-le rogó la princesa.
La metió en un sótano que su familia escondía por si saqueaban las chozas. Linda tenía frío en aquel lugar subterráneo. Estaba lo suficiente cerca como para oír a los guardias aporrear puertas y rebuscar entre las cabañas.
Llegó el momento. Llamaron a la puerta de la chabola donde ella aguardaba y oyó:
 -Buenos días. La princesa Linda se ha escapado y nos gustaría registrar su casa en su busca.
 -Adelante-contesto la Beatrice-. No encontrareis nada.
Los guardias rebuscaron. Se acercaron al dormitorio en el que estaba la puerta del pasadizo y a Linda se le subió el corazón hasta la boca. Dieron unos pasos más y, justo cuando iban a encontrar la puerta del sótano, Beatrice gritó:
 -¡Mirad, una mujer galopando en un caballo! ¡Allí, allí!
Los guardias, arrastraron sus pesadas armaduras de metal y se fueron tras la mujer.
Beatrice se acercó al pasadizo.                                                                                                            
 -Se han ido. No tardarán en volver y saber que no sois vos la que corría -le susurró Beatrice-. La chica del caballo era Beth, mi amiga. Si se entera de que yo se lo dije a los guardias me matará porque va a ver a un chico. Los hombres son malvados, ¿para qué se molesta en ir con uno?-Linda salió de la cabaña intentando irse para no escuchar una historieta larguísima-. ¿Sois la princesa?-preguntó la chica intentando bajar la voz.
 -Sí. Quería huir de ese mundo, poneos esto, haced lo otro. No lo aguantaba.-le dijo ella.
Solo hasta ese momento se había dado cuenta de cómo era la chica. Tenía el pelo negro azabache y se le caía por los hombros. Tenía un precioso flequillo también. Sus ojos tono avellana eran preciosos. La nariz era regordeta pero pequeñita. Sus labios eran finos y alargados y dibujaban una preciosa sonrisa en su cara. Los brazos eran pequeños pero fuertes, al igual que las piernas. De cuerpo era parecida a Linda: bajita y delgada.
 -¿A dónde iréis?-le preguntó.
 -No lo sé. Solo sé que quiero vivir aventuras, ser libre -al decirlo le brillaban los ojos y parecía como una luz iluminando el abismo que llevaba en sus pupilas.
 -¿Puedo ir con vos?-la joven sentía curiosidad por conocer el mundo.
 -Está bien-Linda quería tener compañía-. Pero decidme. ¿Vuestros padres, dónde están?
Señaló al cielo bastante afligida.
 -No puedo hablar de ello.-Beatrice miró al suelo.
 -Os entiendo-le dio una palmadita en el hombro-. Yo perdí a mi madre nada más nacer,-Linda puso una sonrisa de oreja a oreja-  ¿Nos vamos?
 -Por supuesto.-respondió.
Beatrice estaba triste, ya que había recordado a sus padres. Le pasaba cada vez que los recordaba. Habían muerto en un incendio ese mismo año, y como era mayor de edad (tenía 18 años), podía vivir sola.



Si os ha gustado por favor decídmelo. Si queréis que continúe enséñanoslo decidmelo también.
Me  despido, Cleo

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