AMULETO
INTRODUCCIÓN
1321. Ron, era uno de los dos monarcas que gobernaban en Roldania,
Reino Unido. Cuando le ves, estás seguro de que es un rey, aunque llevara
humildes ropajes, debido a su majestuosa forma de andar, su mirada por encima
del hombro, o su penetrante forma de observar al no obedecerle.
Cuando estas junto a él,
sientes un miedo terrible, pues si comentes un error, como mirarle con cara
rara, te lleva al calabozo. También te sientes un poco ilusionado, porque no
todos los días puedes conocer al rey. Son extraños los sentimientos que se
experimentan, terror e ilusión.
Es bastante ruidoso. Sus
preciosas botas de cuero, tienen un gran tacón, que retumba en el suelo de la
habitación. Su respiración también es fuerte; un día estaba sentado en el
trono, y un criado dormía detrás de una columna en el gran salón, y se despertó
al instante. ¡Se llevó un gran susto!
La reina Anastasia, en cambio, estaba
desesperada, pues no podía concebir un niño.
Llevaban
trece años casados, cuando la reina por fin dio a luz a una niña, que el rey y
la reina decidieron llamar Linda. Pero la noticia no fue tan buena, porque el
mismo día que nació la niña, la reina murió.
El
rey estaba confuso. No sabía si reír o llorar. Pensó en celebrar ese día el
cumpleaños, y al día siguiente el funeral. “Primero las alegrías y luego las
penas” decía él siempre, aunque nunca nadie sabía que quería decir exactamente.
CAPITULO 1 LA HUIDA
Dieciocho años después.
Durante este tiempo, el rey como la única
persona que tenía a su lado era su hija, la malcrió. Le daba todo lo que
quería. La gente pensaba que era una niña que jamás maduraría, ni podría ser
reina. En realidad, ella estuvo leyendo muchas historias de caballeros, y lo
que de verdad quería era viajar, viajar y vivir grandes aventuras.
Rubia
como el dulce sol de mediodía, que te quema la piel. También tenía unos ojos
negros como la oscuridad de un abismo, que no deja ver lo que hay al fondo. Sus
ojos no pegaban con su pelo, pero a pesar de eso era preciosa. Su nariz chata y
pequeña, se confundía con una diminuta pelota. Sus oídos extremadamente finos,
oían todos los sonidos que acechaban a su alrededor. Era delgada y bastante
baja. Sus piernas fuertes como el hierro le permitían dar unos pasos muy
firmes. Era muy hermosa. Casi podía hacer de modelo para los sastres. Si su
padre la dejara, claro. Cosa bastante difícil.
Cuando
se está junto a ella, se tiene un poco de miedo, porque sabía usar el sable
como el que más y con que la insultes, puede arañarte la cara. Sin embargo, si estás
un rato a solas con ella, te enamoras. Te enamoras, de lo alegre que es. Divertida,
misteriosa, risueña, inteligente, imaginativa... Mil rasgos se podrían decir.
Era una chica extraordinaria.
Era
un tanto ruidosa, como su padre, pero su sonrisa lo compensaba. Lo que menos
suele gustar es que, si quieres descansar, ella te despierta por cualquier
excusa que se le ocurra. Ese es uno de sus pocos defectos.
Aunque
hubieran pasado dieciocho años, la jovencita tenía diecisiete, porque no los
había cumplido por aquel entonces, pero dentro de poco los cumpliría.
-¡Padre,
dejadme en paz!-replicó Linda- Quiero estar sola en mi cuarto.
-Pero,
quiero estar con vos. Os compraré un vestido nuevo. -le suplicó su padre.
Linda cerró la puerta de sus aposentos de
golpe. Cuando oyó que su padre se alejaba susurró empezando a llorar:
-Lo
siento padre. Pero he de irme.
Al instante, se puso en pie, cogió una de sus
cristalinas lágrimas y la tiró con delicadeza al suelo. Dejó que ésta se
arrastrara por su muñeca, su palma y acabando por los dedos. Luego, se aproximó
al armario, y cogió una bolsa de cuero. De ella, sacó una lista con las
siguientes cosas:
1- Vestido (sin
miriñaque)
2-Arco y espada
3-Cuadro de
bolsillo con retrato de madre
4- Amuleto de la
suerte de madre
5- Zapatos de
viaje
6-Libros de
aventuras
7- Manzana y
botella de agua
Después
de mirar la lista, se cambió el vestido que llevaba, por el que tenía en la
lista. Se puso una especie de cinturón que ceñía su falda a las piernas.
También se cambió sus distinguidos zapatos por los zapatos de viaje. Acto
seguido, se dispuso a coger las demás cosas.
Primero,
se aproximó a unos cajones al otro lado de la habitación y cogió la espada y el
arco, que estaban guardados en ellos. Luego, se acercó a las estanterías y se
dispuso a tomar los libros. Seguidamente, debajo de la almohada, cogió el agua
y la manzana. Lentamente, se acercó a la
mesilla de al lado de su cama. Allí cogió el cuadro de bolsillo que pintó aquel
pintor que estaba de moda, cuando su madre aún vivía. Además, cogió el amuleto
de la suerte de su madre, porque según su padre, ella dijo estas palabras antes
de morir:
-Quiero que mi amuleto de la suerte, sea de
nuestra hija. Linda...
El
amuleto era una especie de cruz; se fabricó en el antiguo Egipto. Debía ser
importante para que su familia lo hubiera guardado desde hace generaciones. Era
de plata de ley y resistente, y tenía unos extraños dibujos más grandes por
delante que por detrás. Ella siempre había creído que estaba escrito en
jeroglíficos egipcios, y que era una profecía, o algo que una heroína, ella,
tendría que descifrarlo para salvar el mundo. Intentó descifrarlo, muchas
veces, durante horas y días sin comer por ese maldito y extraño amuleto.
No
podía perder más el tiempo, tenía que marcharse. Según su plan, tenía cinco
minutos para bajar de su gigante torre y pasar por el robusto puente levadizo.
Había estado durante semanas observando meticulosamente los cambios de guardia
y después de meses planeándolo, lo tenía. Sin embargo, estaba confusa. Si se
marchaba, podría vivir libre y experimentar muchas aventuras, pero iba a ser el
mayor acto de rebeldía que había hecho en su vida. O podía quedarse calentita
en invierno siendo buenecita, pero no parar de cumplir órdenes.
Difícil decisión... Pero para ella no. Se
pasó la correa de la bolsa al cuello, se metió la espada a la espalda, y pensó
en aprovechar su arco para bajar por una cuerda que iba desde su habitación al
suelo. Se subió a la pequeña ventana. Tres, dos, uno...
Al
bajar por la cuerda sintió muchos sentimientos que ya había sentido antes como
la diversión, pero sintió uno que nunca antes había sentido: la libertad. Ya
había sentido todos: rencor, tristeza, intriga... pero le faltaba uno, el más
importante de todos, solo lo había experimentado leyendo en sus aposentos los
libros de caballeros y aventuras: el amor.
Cuando llegó abajo se paralizó, mientras una
vocecita le decía en su interior:
-Corred. Solo cinco minutos tardarán los
guardias en venir. Os quedan dos, no seáis tonta ¡Corred por vuestra libertad!
La voz sonaba a una voz de mujer. Era dulce,
pero un poco mandona. Era como si le recordara a alguien que nunca había
conocido, algo muy extraño.
No
sabía quién se lo había dicho, pero le hizo caso. Corrió lo más rápido que se
puede correr batiendo records. Divisó
las rejas de la puerta gigante cerrándose. La chica aceleró, hasta tal punto,
que la gente no veía quién era. La puerta se cerraba, se le acababa el tiempo.
En ese instante, los guardias aparecieron tras ella. Se cerró la puerta. Estaba
perdida.
De
repente, se abrió la puerta y los hombres que la subían y bajaban no podían
hacer nada. Linda aprovechó el momento. Cuando estuvo lo suficientemente
abierta como para caber echó a correr. Saltó el foso porque el puente levadizo
no estaba del todo abierto, y por poco se cae, pero una fuerza la empujaba
hacia arriba. Estaba atónita. Al instante sonrió y susurró:
-Soy
libre-subió el tono de voz y chilló-... ¡Soy libre! ¡Basta de celebraciones!
¡Hasta que no encuentre un lugar seguro, no!
Siguió corriendo, porque sabía que no
tardarían en subir la puerta.
Llegó a los campos donde vivían los
campesinos. A lo lejos, consiguió divisar figuras de caballos que se
aproximaban rápidamente. No lo dudó más y se metió en la casa más cercana.
La chica que estaba dentro chilló.
-Puede
que sea algo raro, pero ¿me dejáis ocultarme aquí? Unos minutos.
-De
acuerdo. Por cierto soy Beatrice. Y...-añadió la joven de su edad.
-Muy
bien, ya me contaréis vuestra historia luego. Ahora... ¡Por favor escondedme!-le
rogó la princesa.
La metió en un sótano que su familia escondía
por si saqueaban las chozas. Linda tenía frío en aquel lugar subterráneo.
Estaba lo suficiente cerca como para oír a los guardias aporrear puertas y
rebuscar entre las cabañas.
Llegó el momento. Llamaron a la puerta de la
chabola donde ella aguardaba y oyó:
-Buenos
días. La princesa Linda se ha escapado y nos gustaría registrar su casa en su
busca.
-Adelante-contesto la Beatrice-. No
encontrareis nada.
Los guardias rebuscaron. Se acercaron al
dormitorio en el que estaba la puerta del pasadizo y a Linda se le subió el
corazón hasta la boca. Dieron unos pasos más y, justo cuando iban a encontrar
la puerta del sótano, Beatrice gritó:
-¡Mirad,
una mujer galopando en un caballo! ¡Allí, allí!
Los guardias, arrastraron sus pesadas
armaduras de metal y se fueron tras la mujer.
Beatrice se acercó al pasadizo.
-Se
han ido. No tardarán en volver y saber que no sois vos la que corría -le
susurró Beatrice-. La chica del caballo era Beth, mi amiga. Si se entera de que
yo se lo dije a los guardias me matará porque va a ver a un chico. Los hombres
son malvados, ¿para qué se molesta en ir con uno?-Linda salió de la cabaña
intentando irse para no escuchar una historieta larguísima-. ¿Sois la princesa?-preguntó
la chica intentando bajar la voz.
-Sí.
Quería huir de ese mundo, poneos esto, haced lo otro. No lo aguantaba.-le dijo
ella.
Solo hasta ese momento se había dado cuenta
de cómo era la chica. Tenía el pelo negro azabache y se le caía por los hombros.
Tenía un precioso flequillo también. Sus ojos tono avellana eran preciosos. La
nariz era regordeta pero pequeñita. Sus labios eran finos y alargados y
dibujaban una preciosa sonrisa en su cara. Los brazos eran pequeños pero
fuertes, al igual que las piernas. De cuerpo era parecida a Linda: bajita y
delgada.
-¿A
dónde iréis?-le preguntó.
-No lo
sé. Solo sé que quiero vivir aventuras, ser libre -al decirlo le brillaban los
ojos y parecía como una luz iluminando el abismo que llevaba en sus pupilas.
-¿Puedo ir con vos?-la joven sentía curiosidad
por conocer el mundo.
-Está
bien-Linda quería tener compañía-. Pero decidme. ¿Vuestros padres, dónde están?
Señaló al cielo bastante afligida.
-No
puedo hablar de ello.-Beatrice miró al suelo.
-Os
entiendo-le dio una palmadita en el hombro-. Yo perdí a mi madre nada más
nacer,-Linda puso una sonrisa de oreja a oreja-
¿Nos vamos?
-Por
supuesto.-respondió.
Beatrice estaba triste, ya que había
recordado a sus padres. Le pasaba cada vez que los recordaba. Habían muerto en
un incendio ese mismo año, y como era mayor de edad (tenía 18 años), podía
vivir sola.
Si os ha gustado por favor decídmelo. Si queréis que continúe enséñanoslo decidmelo también.
Me despido, Cleo
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