domingo, 5 de julio de 2015

Mi futuro libro XVII

Capítulo 17   La revelación
Las imágenes que aparecieron eran del antiguo Egipto. Hombres y mujeres campesinos trabajaban sin cesar. Niñas y niños iban a por agua a al río. De repente la imagen se movió a la izquierda y apareció un gran palacio; era el palacio más hermoso que los chicos habían visto nunca, incluso más que el del Señor Hayes. Tenía grandes y robustos pilares, ventanas amplias y balcones. Había un gran jardín delante del palacio; tenía todo tipo de árboles: Palmeras Datileras, Vides, Granados… También tenía en el centro un gran estanque rectangular. Tenía plantas acuáticas.
Las imágenes se fueron metiendo dentro del patio y al final dentro del palacio. Fueron a unas escaleras y bajaron por ellas hasta el sótano abajo del todo y se metieron en una habitación. Había un viejo mago egipcio revolviendo un gran caldero.  Entonces el mago comenzó a contar:
“Vos sois su descendiente, la descendiente del gran mago Barbarás, Linda. Y aquí comienza la historia. El mismísimo faraón le pedía recados y todos los cumplía, pero un día tuvo un gran accidente; se le cayó de una balda un humo que podía dormir a la gente, sucedió mientras hacia una poción. La poción era de una rejuvenecedora sin terminar, aun le faltaba meter una mitad de manzana, que, aunque no lo parezca, es muy importante. Cuando se le cayó, se durmió y tiró el caldero. Rejuveneció demasiado. Sin la mitad de manzana se rejuvenecía hasta la pubertad  y no solo eso, también se le metió magia en el interior al inhalar el humo. Fue un golpe de suerte, porque así pudo empezar de cero. Gracias a eso, al llegar a los dieciocho, se casó con una mujer muy guapa y tuvieron un hijo, pero la mujer murió nada más nacer el niño y nunca nadie supo por qué. Y gracias a esa poción estáis aquí, Linda. Vos y el amuleto.”
 -¿Pero y el amuleto, cuando entra?-preguntó Linda
 -Paciencia, querida, paciencia-dijo Peter.
 “Al nieto del mago, no le caía bien el faraón, así que pidió a un herrero que le creara el amuleto con un mensaje escrito en él. No se sabe traducir, así que no se sabe el mensaje. Después de tenerlo creó una poción para hacerlo mágico. Su poder sería provocar una enfermedad que matara al faraón, pero invirtió más agua de la que debía y el amuleto se convirtió en una máquina destructiva. Su mujer se enteró y se enfadó tanto que decidió irse a vivir a otro país para que no le pasara nada malo al faraón, el faraón era su primo, por eso le defendía. La pareja se fue a vivir a Reino Unido. La mujer ordenó a su marido que destruyera el amuleto, porque si caía en malas manos podría ser horrible, pero el hombre se guardó el amuleto y lo escondió en un cajón, por si alguna vez lo necesitaba. Pasaron los años cuando adoptaron a tres niños, a una la encontraron perdida en el bosque, otro se lo dio su amigo porque no podía cuidarle y otro se escapó de su casa porque sus padres le maltrataban. Nada más nacer su único hijo biológico murió la mujer y nadie entendió por qué. Justo antes de morir ella, el antiguo mago le dio a su hija más mayor el amuleto y le explicó el poder que conllevaba. También le explicó que todas las mujeres de la familia estaban malditas a morir nada más concebir a un niño. La muchacha, ya mujer lo comprendió, pero cuando se casó no le explicó a su marido lo que pasaría cuando naciera el niño así que murió y él, no supo por qué. El amuleto también se lo dio a su esposo y le dijo que era muy importante para ella y que debían conservarlo durante generaciones. Así ha llegado hasta vos y por eso ni vuestra madre ni vos sabíais su poder, pero ahora que está muerta, lo sabe.”
 -¿Cómo se usa?-preguntó impaciente Linda-¿Y mi magia?
 -El amuleto es el más fácil, tienes que pronunciar un conjuro. Tu magia en cambio es más complicada. Tienes que encontrarla dentro de ti. Por ejemplo, intenta levantar esta pluma. Sacó una pluma de un cajón que tenía y la dejó en el suelo. Linda extendió las manos y pensó:
“Voy a levantar esta pluma, voy a levantar esta pluma.”
Pero la pluma no se movió.
 -Si no lo deseáis de verdad la pluma no se levantará. Echadle fuerza.-le dijo el mago.
Cerró los ojos y puso toda su fuerza sobre ella. Se elevó unos pocos centímetros del suelo. Cuando los abrió, vio que seguía en el aire, cada vez subiendo más.
Entonces pensó en sacar la espada de su espalda. Esta vez no le hizo falta extender los brazos, simplemente cerró los ojos y pensó en ello. La espada volaba. La chica extendió la mano y dijo:
 -¡Funciona! Peter, ¿sabéis  si puedo hacer más cosas?
 -Leí un libro sobre aquello… Ponía que las dos, y solo dos únicas personas con magia tenían cada una tres poderes. La persona de Inglaterra podía levantar cosas o personas con la mente, podía crear fuego y podía extender unas preciosas alas similares a las de los ángeles y volar. La persona de Irlanda, era más poderosa: una fuerza descomunal, controlar la mente de las personas y muerte. Puede matar a quién sea. Desde donde fuera. A su familia le ocurrió algo similar a la vuestra, solo que un poco más potente. Pero no son solo esos vuestros poderes, si os esforzáis podréis hacer más cosas. De pende de la concentración.
Linda se concentró en echar un poco de fuego sobre el suelo, pero Kyle le distrajo y echó el fuego sobre las botas del chico. Luego, les echaron un poco de agua y se apagaron. Linda le pidió perdón y se concentró en sacar unas alas de ángel. Sacó unas alas de metro ochenta, que la chica podía controlar. Probó a volar elevándose unos centímetros sobre el suelo, pero no demasiado como para darse contra el techo bajo.
 -Cuidado Linda, si se dañan vuestras alas, vos también os dañáis. Podéis recogerlas cuando queráis, pero mientras estén en vuestra espalda, forman parte de vuestro cuerpo. Si os las cortan sentiréis lo mismo que si os cortan un brazo, pero luego las podéis volver a sacar.
Linda recogió sus alas. De repente empezaron a aporrear la puerta con un ariete. Puesto que la puerta era muy floja, la rompieron fácilmente.
 -El rey os quiere a todos en la cárcel. Ya.-gritó un guardia muy enfadado. Linda lo reconoció perfectamente, era el guardia al que le había pegado. Acto seguido el guardia se fue tocándose la tripa, pero seguían rodeados por un montón de guardias.
La princesa levantó su espada con la mente y la cogió con la mano. Un guardia muy fuerte le tiró la espada, el arco y las flechas al suelo.
 -Señor Laurent, ¿estáis bien?-preguntó un guarda muy delgaducho que tendría unos diecisiete años.
 -La verdad me han torturado bastante para sonsacarme información, ¿Eso es estar bien?
Los chicos le miraron con la boca abierta. Beatrice se acercó a él y le susurró al oído:
 -¿Pero que hacéis?
 -Tranquilos es un plan. Contádselo luego a los demás.-fue la respuesta.
 -¿Qué le ha dicho, señor Laurent?-le preguntó el guardia flacucho.
 -Me estaban sobornando, yo me he negado.
A Beatrice le costaba creer que fuera un plan. Se llevaron agarrados por detrás a los tres chicos, mientras que a Kyle le preguntaba un guardia lo ocurrido. El chico por una vez fue inteligente y le explicó que estuvieron preguntando al mago y que no respondía, esas preguntas eran muy importantes para ellos y no revelaban nada embarazoso de nadie ni cosas por el estilo, y al final le torturaron, pero no cedió.
Los chicos sonrieron al oírle. Linda, Evan y Beatrice estaban muy orgullosos de él. Por una vez había usado la cabeza, veían cómo había cambiado desde que comenzaron el viaje.
Llegaron al mismo salón real donde el rey les esperaba sentado. Una ruin sonrisa surcaba su boca de comisura a comisura. Sus dientes relucían mostrando uno de ellos de oro. Sus ojos brillaban con la tenue luz del día. Era la imagen del malvado perfecto…
 -Vaya, vaya. Doña maga, don traidor y… No se me ocurre nada. ¡Ya lo sé! Doña no os conozco. Por no olvidar a mí adorado Kyle. Querido, ¿qué has hecho esta vez? No vuelvas a seguir a unos desconocidos. ¡Aunque haya alguno que conozcas de toda la vida!-dijo refiriéndose a Evan.
-Lo siento padre…-respondió mientras se ruborizaba.
-Me basta tu disculpa. A los demás encerradlos en el calabozo. ¡Ah! Y no os olvidéis de quitarles las alforjas.
Les quitaron las alforjas, la espada, el arco y las flechas y se fueron hacia las celdas. Por suerte, Linda consiguió meter el amuleto dentro del vestido… Al llegar a los calabozos vieron a bastante gente suplicando comida y que les sacaran de allí. Al grupo los metieron todos juntos en una celda. Gran error… Mientras estaban en la celda, los guardias registraban las mochilas en busca del amuleto, mientras tanto los chicos hablaban en voz baja.
 -Chicos, ¡tengo una gran noticia!-dijo Linda.
 -¿En serio? ¿Una buena noticia? Como si pudiera haberla.-respondió Beatrice desanimada.
 -Seguramente os parece buena, ¡tengo aquí el amuleto!
 -¡Enseñádnoslo!-exclamó Evan.
Linda les mostró el amuleto. De repente, un par de guardias aparecieron y Linda escondió el amuleto.
 -¿Dónde está el amuleto?-preguntó enfadado un guardia.
 -El amuleto… Tiene gracia, lo perdí en unas cuevas. ¿Cómo se llamaba Evan?-dijo Linda.
 -Cuevas de la belleza. Y si no nos creéis, mirad el mapa. Lo perdimos en el camino…
 -Sé que mentís, ¿dónde lo tenéis?-el guardia agarró los barrotes con las mano y de tanto apretar, se le quedaron los nudillos blancos.
 -Ya os lo he dicho.-añadió Linda cruzándose de brazos y apoyándose en la pared. Procuró estar  relajada.
 -¡Ya está bien!-gritó el guardia.
Entonces por la puerta apareció el mago.
 -¡Lo llevo yo!
Hizo un ademán de dárselo, pero hizo como que se le caía una cosa de metal dentro de la celda. El guardia abrió la puerta para cogerlo mientras murmuraba insultando al viejo.
Linda sonrió maliciosamente. En vez de pegar al guardia, atrajo la espada y la metió por la puerta, no cabía entre los barrotes. El guardia siguió en su compostura y no se inmutó. Chocaron las espadas hasta que Linda le clavó la espada en el costado. El otro guardia se fue gritando pidiendo refuerzos. Mientras, el otro guardia caía hacia delante y teñía el suelo de rojo.
 -¡Linda!-gritó Beatrice enfadada.
 -¿Qué? Es defensa propia.-respondió.
Beatrice le miró como si le repugnara y se dio la vuelta.
 -¡Vámonos! No tenemos más tiempo que perder. Ya discutiréis luego.-dijo Evan.

Beatrice y Linda asintieron y juntos, se fueron.

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