Capítulo 9 Frío y hielo
Por
la mañana, se volvieron a repartir un trozo de manzana cada uno. Evan y Linda
cogieron sus alforjas, y los muchachos siguieron su viaje. Mientras se
acercaban al pie de la montaña, los chicos todos estaban absortos en sus
pensamientos. Como siempre nadie pronunciaba palabra, todos estaban callados.
Pensaban lo de siempre; Linda en lo que haría al llegar al castillo, Evan en
Linda, Beatrice en lo horroroso que era Kyle y Kyle en sí mismo.
Cuando estaban en el pie de la montaña de la perdición, pero vieron algo
extraño: la nieve solo estaba en la montaña, es decir, que en los alrededores
no. Pero ninguno comentó nada sobre el tema.
-Bien, tenemos dos opciones: rodear la montaña
o atravesarla.-dijo Beatrice.
-La más larga será rodearla, pero yo la
atravesaría porque llegaremos antes, aunque sea más peligroso.-respondió Evan.
-La
primera opción es la larga, la segunda corta. Yo preferiría atravesarla aunque
canse más y como ha dicho Evan, sea más peligrosa.-opinó Linda.
-Escalemos.-puntualizó
Kyle sonriendo.
Los
cuatro chicos miraron la montaña desde el pie hasta la cima.
-Debe
tener al menos mil metros…-murmuró Beatrice-. Calculando que son las nueve
llegaríamos… A las seis de la tarde estaríamos en la cima. Allí dormiríamos,
luego nos podríamos despertar a las cinco y estaríamos abajo… A la una de la tarde, solo si no paramos,
pero contando con el tiempo que
reposemos.-Beatrice era buena organizando planes y eso se notaba.
-Buen
plan… ¡Empecemos a subir!-dijo Evan.
El
chico se acercó a la montaña y se agarró con las manos a un agujero, se impulsó
y metió los pies por otra ranura. Así lo hizo hasta estar elevado a dos metros
del suelo, cuando dijo a sus amigos, sin moverse, ni girar la cabeza:
-He
hecho esto más veces, tranquilos sé lo que hago. Al principio es así, luego se
empieza a inclinarse, hasta que podremos caminar. Linda le siguió, luego
Beatrice y luego Kyle.
Cuando
Linda estuvo lo suficientemente cerca de Evan como para tocarlo, él, siguió
avanzando. Les costaba bastante, en especial a Kyle y a Linda. Evan lo había
hecho otras veinte veces y Beatrice la mitad. Para los príncipes eso era nuevo,
pero Linda le ponía mucho esfuerzo, así que el que peor lo hacía era Kyle.
También era muy difícil, porque era una montaña de hielo, lo cual lo hacía más
peligroso y duro. Los chicos estaban dejando pequeños trocitos de sus almas en
cada milímetro que subían.
Pero
no solo se elevaban más, sino que también el frío lo hacía. Evan solo tenía
puesta una camiseta con manga corta, con un chaleco encima, pantalón corto y
zapatos agujereados. El pobrecito, pasaba mucho frío. Sus mangas y pantalones,
antes no eran así, se las habían arrancado los bandidos en la cárcel. Sus
brazos desnudos y fuertes, se aferraban bien en las rocas y huecos. Le costaba
mucho llevar las alforjas, era muy grande.
Kyle,
iba bien abrigado, con una larga capa roja. Una camiseta añil ceñida y unos
pantalones negros. Llevaba las mismas botas que todos los días anteriores. Evan
le había dicho que se quitara la capa porque podría tropezar con ella y caer,
pero no hizo caso. Sus brazos eran fuertes, pero temblaban por el miedo a caer
en picado. El temblor y la altura subían al unísono.
A
Beatrice, Evan le había dejado un cinturón para agarrarle el vestido. No era
como el de Linda, pero se las apañó. Sus zapatos eran parecidos a los de Evan,
pero no tan rotos, puesto que ella no había vivido tantas aventuras. Admiraba
la imaginación infantil de Linda, aunque no en todos los momentos era buena.
Ella había escaldo diez montañas, pero esa era la más grande. Era fuerte y lo
sabía, pero no sabía si podría subir tanto. Lo bueno es que no todo el rato
sería así, lo malo, sería medio kilómetro, que aunque no lo pareciera, era
bastante.
Linda
seguía tan risueña como siempre, pero concentrada en la escalada. Le costaba un
poco porque era la primera vez, pero lo hacía muy bien. Aguantaba y tenía
fuerza. Se había raspado con una roca y le escocía la pierna. Aunque la pusiera
contra el hielo, le seguía escociendo, incluso aún más. Extrañamente, la sangre
no era naranja. Linda era muy inteligente, y adivinó en seguida la razón: la
sangre naranja, no solo estaba en piernas y codos, sino que por todo el cuerpo.
La sangre naranja a veces recorría el brazo y otras la pierna, pero no tenía el
mismo recorrido de la sangre roja. Había menos sangre naranja y por eso le
salía sangre roja.
Pasó
un rato y empezó a nevar y aumentó el frío. Los cuatro chicos no sabrían si
aguantarían.
-¡Tranquilos!-exclamó Evan a sus amigos-.
Dentro de poco llegaremos al camino.
Y
así fue. Cinco minutos después de que Evan dijera aquello, vieron un sendero.
Evan subió el primero, y luego ayudó a los demás. Sin pronunciar palabra
alguna, siguieron por el sendero con el mismo orden de antes.
-Deberán ser las diez. -dijo Evan rompiendo el
silencio.
-¿Solo llevamos una hora escalando?-preguntó
Kyle desconcertado.
-Yo diría que sí.-afirmó Evan.
-Pensaba que habrían pasado cinco.-dijo el
príncipe lloriqueando.
-Un poquito menos que eso.-Beatrice exhibía
una gran sonrisa inevitable. Suerte que no le veía Kyle.
Al
cabo de unos minutos el camino se fue empinando. El príncipe jadeaba ya
somnoliento. No paraba de protestar como un niño pequeño. La campesina le reñía,
pero en vez de hacerlo cortésmente, le respondía brutalmente. Evan no dejaba de
recitar un poema en voz baja, que el mismo se había inventado. Se lo había
inventado en ese viaje, cuando vio a Linda. Era un poema de amor que trataba
sobre un chico que quería a una chica, pero su amor era imposible.
Linda
no pronunciaba palabra, estaba callada. No dejaba de reflexionar sobre los mil
pensamientos que le iban a la cabeza; en qué haría cuándo llegarán al castillo,
cómo se usaba la magia que tenía, que llegaría a hacer con ella, y en el otro
chico de Irlanda. ¿Sería majo? ¿Le pasarían cosas similares a ella? ¿Ya sabía
que tenía magia? Y una cosa más. ¿Le llegaría a ver algún día? Tantas preguntas
en la cabeza de Linda no cabían. Así que fue una por una. Tenía tiempo hasta la
cima. Intentó responder la primera pregunta. En lo que haría al llegar al
castillo. No halló respuesta. Pasó a la siguiente. Tampoco, pasó a la siguiente…
Así estuvo bastante rato, ella era capaz de perder la noción del tiempo sumida
en sus pensamientos, lo malo, es que no lo sabía.
Así, de repente, Beatrice le dijo:
-Linda, ¿estáis bien? No habéis respondido a
nuestros vítores.
-¿Disculpad? Estaba absorta en mis
pensamientos. ¿Por qué habéis vitoreado?
-Mirad hacía arriba.-señaló Evan.
Linda
se quedó impresionada. Estaban a unos pasos de la cima.
-¿Qué? ¿Cómo? ¿Tanto tiempo llevo sin
hablar?-balbuceó Linda.
-La verdad es que hemos llegado antes de
tiempo. Una hora antes pero lleváis desde las nueve de la mañana hasta ahora,
las cinco de la tarde.-respondió el joven escudero.
-Eso debe de ser un record.-rió Beatrice. Al
instante todos la siguieron.
En
la cima, hacía mucho más frío. Había unos diez grados bajo cero, así que
decidieron bajar un poco más para dormir. Rápidamente, bajaron durante quince
minutos, hasta que había una temperatura aceptable. Miraron al frente y vieron
los vastos campos de Inglaterra. También, muy lejos, se podían divisar unas
altas montañas que parecían más grandes que la que ellos pisaban. Se podían ver
unos caballos salvajes que trotaban hacia el norte, corrían libres y sin que
les molestaran. Linda los envidiaba. Solo quería coger a uno de ellos,
aferrarse a él y correr sin ninguna preocupación. Pero no sería posible por el
momento. Ya vería cuando acabara su aventura.
-Creo que podríamos dormir aquí y a las siete
despertarnos.-dijo Kyle quitándose la capa y dejándola caer sobre el suelo.
Los
demás hicieron lo mismo, pero no tenían nada que ponerse debajo. Linda se puso
su bolsa como almohada, Evan también y a Beatrice, le dejó otra. Los cuatro muchachos notaban el frío suelo en
sus prendas. Seguramente si no se despertaban pronto por la mañana, estarían
empapados.
Cada
uno pensaba en lo que siempre pensaban. En lo que siempre, siempre pensaban.
El
agua fría en su vestido despertó a Linda. El vestido estaba empapado. La
muchacha, estaba sola. Siempre solía ser madrugadora. Ninguno de sus compañeros
se había levantado aún, pero Linda disfrutó de las bellas vistas.
Las
montañas que se alzaban a lo lejos relucían con un hermoso brillo. Los caballos
ya hacía tiempo que se habían ido. Las extensas tierras de Inglaterra, estaban
en su mayor esplendor. Pues el momento más bello del día es el amanecer, que
solo unos pocos alcanzan a ver. Linda estaba bastante sorprendida, puesto que
nunca se había levantado tan temprano, pero ese momento de paz y tranquilidad,
pronto iba a acabar.
Para
el asombro de Linda, Kyle se despertó el segundo. Bostezó tan fuerte que hizo
que Beatrice se despertara también. Ella hizo lo mismo y así despertó a Evan.
Beatrice, cuando vio a Evan despertar dijo:
-Comamos algo y prosigamos.-la muchacha se puso
en pie al lado de Linda y contempló las vistas. Evan y Kyle hicieron lo mismo.
En el amanecer, el paisaje era mil veces más bonito. Se quedaron allí un buen
rato hasta que Beatrice salió de aquella especie de trance.
-He dicho que comamos algo y prosigamos,
¿acaso estáis sordos?-aunque ella también se había quedado mirando el paisaje,
les reprendió igualmente.
Linda
sacó los cuatro trozos de manzana que quedaban y la botella de agua. Cada uno
comió un trozo y bebió un trago. Cuando acabaron de “desayunar” continuaron con
el viaje.
La bajada costaba menos, pero había que ir
despacio para no caerse. Como siempre
iban pensando en sus cosas.
Llegó
la mitad del viaje, hasta que Linda pensó que no quería pasar -otra vez- todo
el viaje sin hablar, la chica cantó una canción de niños pequeños que cantaba
cuando iba de excursión cuando era pequeña.
-Me he
perdido,
Tengo que encontrar,
El camino, a mi castillo.
Un mago feo,
Me comentó,
Que estaba a mil pies.
Y ya he recorrido un paso,
Ahora me quedan novecientos noventa y
nueve.
Era
así en la realidad, solo que cada vez se baja el número de los pasos que faltan
y se subía el número de pasos recorridos.
Kyle le siguió cuando acabó la primera vez, y
cuando Evan y Beatrice la aprendieron les siguieron. No la sabían, porque solo
la aprendían los príncipes, princesas, los hijos de los duques y demás personas
de la nobleza en la escuela.
“Así el viaje se nos hará un poquito
más corto” pensaba Linda animada
feliz de que todos la hubieran seguido con su canción.
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