domingo, 14 de junio de 2015

Mi futuro libro X

Capítulo 10   Un día de paz y tranquilidad
Llegaron al pie de la montaña y entonces Linda preguntó algo en lo que se había dado cuenta, pero no lo había comentado.
 -¿Alguno más se ha dado cuenta de que la montaña está llena de nieve y hielo, pero en cambio sus alrededores no? -todos se habían percatado pero no respondieron.
Al ver que nadie contestaba ni nadie cantaba ninguna canción dijo:
 -Deberíamos buscar un pueblo en el que pasar la noche, comer algo, asearnos en un río...
 -Aún son las doce de la mañana.-protestó Beatrice.
 -De acuerdo. Yo solo digo que por el camino busquemos algo.-explicó Linda.
Nadie respondió nada, lo que Linda pensó que era un sí. La muchacha, empezó a cantar de nuevo. Todos la siguieron, otra vez. La verdad es que el paisaje era precioso.
Si echabas una ojeada hacia detrás solo veían la gran montaña que acababan de escalar. Gélida como el hielo, porque de eso estaba formada. También era preciosa, pero a decir verdad daba mucho miedo, sobre todo si eras tan imaginativo como Linda, si te imaginas  dragones, ogros y demás fieras atroces.
Si mirabas a la derecha, podías ver diversas cosas; una gran montaña -que no era de hielo-, una cabaña abandonada y praderas interminables con girasoles, amapolas, dientes de león,  malvas, jaras…
Si observabas la izquierda veías; montañas verdes, bosques con grandes robles y un río justo al lado de los chicos. Linda ansiaba con creces bañarse en el río, porque en el castillo cada día se bañaba en una gran bañera con pétalos de rosas de múltiples colores.
Su favorita siempre había sido la  rosa roja, porque según una historia que le contaron de pequeña, el rojo es el color del amor. Como siempre había sido tan imaginativa y soñadora,  le encantaba todo lo relacionado con el amor, la belleza, los dragones, las aventuras… De ahí que se escapara.
Los chicos siguieron caminando. Cada uno sumido en sus pensamientos, pero esta vez no eran los mismos. Cada uno pensaba en su hogar; Linda en el castillo, Beatrice en su aldea, Kyle en su castillo e Evan en una pequeña choza en la que vivía. Estaba orientada cerca de los establos reales, es decir al lado del bosque.
   El pobrecito también vivía solo, pero porque a sus padres les habían echado del pueblo por deslealtad al rey. Ocurrió cuando el chico tenía ocho años, nada más y nada menos. Provocaron una revuelta que casi destrona al rey, pero no ganaron. Les quitaron la custodia del joven para “no educarle mal”. El niño no tenía más familia que ellos, así que… Les dieron dos opciones: o que viviera solo en la choza o que lo mataran. Eligieron, obviamente, la segunda. El muchacho no pasaba casi nada de tiempo en la cabaña. Tenía un horario muy estricto; a las cuatro de la mañana en el castillo y nada de retrasos, a las doce podía volver a casa. No le gustaba su horario a parte de por muchas otras razones, porque nunca veía el amanecer ni el atardecer. Encima eran todos los días a la semana. “¿No podrían darme una habitación en palacio?” pensaba. El chico había vivido una vida muy triste desde los once años.  
   Linda sin saber por qué, se dio la vuelta. La montaña había desaparecido. Estaba atónita. Donde hace unos momentos había una gran montaña, ahora había un kilómetro de camino. Casi se desmaya. Decidió contárselo a sus amigos.
-Chicos, ¿no nos habremos imaginado la montaña?
-¿Estáis de broma?-contestó Beatrice. Entonces se giró y puso la misma cara de Linda. Los otros dos chicos se giraron y se quedaron con la misma cara que la de las chicas.
“Un viaje con demasiada magia” pensaba Linda para sí. El cuarteto decidió no darle más importancia y siguieron caminando.

Pasaron todo el día caminando hasta las nueve de la noche, que fue cuando encontraron un pueblo. Según ponía en un cartel hecho con delicadeza y sin prisa, el pueblo se llamaba Bellasvistas. El nombre era muy coherente, puesto que en los alrededores,  había preciosas vistas, pero ellos no las veían bien porque era de noche. El cielo estrellado en cambio, sí se distinguía. Estaba teñido de un azul eléctrico muy peculiar con muchas estrellas.
   Entraron en el pueblo despacio, pero aun había gente por las calles, un hombre menudo y grandote se aproximó a ellos.
 -Buenas noches -tenía un acento alemán que nunca habían oído los jóvenes-. No les había visto nunca por aquí, ¿son turistas?
-Viajeros. La palabra correcta para nosotros es viajeros.-puntualizó Linda.
-Viajeros… No suena mal. Por cierto soy Mathias Mechnik. Les sonará raro, pero ya habrán notado por mi acento que soy alemán.-una sonrisa juguetona se dibujó en su rostro.
-¿Sabría usted si por aquí cerca hay alguna posada?-preguntó Beatrice.
-La verdad es que aquí no hay posadas, pero pueden alojarse en mi casa si quieren-respondió-. Tenemos varias camas de sobra.
-Muchísimas gracias Mr. Mecheninik-dijo Kyle.
-Se dice Mechnik, pero podéis llamarme Mathias si os resulta más sencillo.
Todos asintieron con la cabeza.
-De acuerdo pues vengan.-Mathias se los llevó a su casa, no muy lejos de allí.
Cuando abrieron la puerta les recibió otra mujer con el mismo acento y preguntó:
 -¿Quién son estos jovencitos, Mathi?
Era rubia y un poco regordeta, tenía el pelo recogido en dos trenzas desechas. Tenía unas grandes ojeras debajo de sus ojos azules, y estaba más pálida que un vampiro.
 -Chicos, esta es mi mujer, Christa Mechink-hizo una pequeña pausa y añadió-. Mujer, estos son Kyle, Evan, Beatrice y Linda. Necesitan una casa donde dormir por esta noche.
 -¿Queréis conocer a nuestros pequeñines?-preguntó Christa con una gran sonrisa en la cara similar a la de su marido-. ¡Kinder!
 -Así se dice niños en alemán.-nos aclaró Mathias.
Una fila de ocho niños se formó. Iban del más bajo al más alto. La más pequeña debía de tener cinco años y la más mayor quince.
 -Anna, Jürger, Christina, Manfred, Lotte, Rolf e Ilse-dijo la mujer señalando primero a la más pequeña y acabando por la mayor-. Vinimos aquí cuando el pequeño Manfred acababa de nacer, porque éramos una familia numerosa y no cabíamos todos en la antigua casa. Mathias tenía un tío aquí y nos vendió una casa. Tiene dos pisos, ya es grande y encima era barata para tener bonitas vistas.
 -¿Ustedes han cenado?-preguntó amablemente Linda.
 -Ahora poníamos la mesa.-respondió Mathias. Podéis instalaros en las habitaciones. Christa, llévalos a las habitaciones.
 -¿Queréis dormir chicas y chicos separados?-preguntó gentilmente la mujer.
 -Si no es mucha molestia…-dijo Beatrice.
 -Entonces podrían dormir chicos salón y chicas dormitorio invitados. ¿Os parece?
Las chicas asintieron y los chicos igual.
 -Saquemos mantas para chicos. Las chicas podríais ir a la habitación a instalaros. ¡Ilse!
La niña preguntó a la madre algo en alemán y ella respondió. También en Alemán.
 -Venid conmigo.-dijo la chica. Se notaba que no sabía mucho su idioma. Subieron por las largas escalinatas de caracol hasta llegar al último piso.
 -Mi habitación-dijo señalando una puerta-. Vuestra.-dijo señalando la de enfrente.
 -Disfruten.- la muchacha erguida, dio media vuelta y bajo dando saltitos por las escaleras.
Linda y Beatrice se miraron un momento, entraron y vieron dos suntuosas camas.
 -¡Son mejores que la mía!-dijo Beatrice dejándose caer sobre la mullida cama. Seguidamente y Linda sin saber por qué, le arrebató la bolsa.
 -¿Pero qué haces, te has vuelto loca?-sacó un lápiz y cincuenta folios con un agujero hecho aposta. Estaban entrelazados con un poco de hierba. La joven le devolvió la alforja a Linda-. ¿Qué hace eso ahí?
 -No me conocéis del todo. Me encanta dibujar, no puedo vivir sin un lápiz y un trozo de papel. Cuando dijisteis que zarpáramos, cogí mi cuaderno y mi lápiz.-una sonrisa pícara hizo a Linda reírse a carcajadas.
 -¿Cómo lo hicisteis sin que me diera cuenta?
 -No lo sé. De estos cuaderno tengo millones los fabrico yo misma y dibujo en mi tiempo libre.
 -¿Puedo ver los dibujos?-preguntó Linda. Beatrice abrió el cuaderno y le enseñó sus dibujos, tenía unos veinte.
 -Son buenísimos. ¿Me hacéis un retrato?-Beatrice sonrió.
 -¡Por supuesto!
Mientras la dibujaba, Linda le dijo:
 -¿Tenéis dinero para tantos folios y no para una buena cama?
 -Me importan más un puñado de folios que dormir bien. No es como a la mayoría de gente, pero es así.-Linda no respondió.
   Estuvo dibujando bastante rato, hasta que por fin Christa gritó:
 -¡Kinder, Abendessen ist ferting!-cuando la mujer se dio cuenta de que había ingleses dijo- Perdonen, ¡la cena está lista!
Las chicas bajaron corriendo y se sentaron en la mesa, en la que todos aguardaban ya esperándolas. Un niño, Manfred, empezó a bendecir, también en alemán. Cuando acabó, todos empezaron a cenar comiendo grandes manjares; pollo, sopa, pescado, fruta, verduras… Todo estaba delicioso, pero la familia se olvidó que tenían invitados, y volvieron a hablar en su idioma. Los ingleses a su vez, también hablaban entre ellos; sobre los mejores momentos de la aventura que estaban teniendo, los peores, los más difíciles, su vida en casa… Cada vez se empezaban a conocer más.
Todos estaban cambiando; Beatrice descubría que los chicos no eran tan horribles; Evan que su señor, a veces podía ser majo; Linda aprendía que el mundo de aventuras también era cansado, y tenía momentos muy difíciles; y Kyle era el que más estaba cambiando, estaba aprendiendo que la vida de los plebeyos no era tan fácil, y que los verdaderos caballeros eran más valientes que él, teniendo de ejemplo a Linda que sin haber salido nunca de su castillo, era muy valiente. Pero no solo eso, también estaba aprendiendo que hay gente por la que merece la pena preocuparse; como los amigos.

Cuando llegó el momento de acostarse, Christa les dijo a sus niños, en alemán, que se fueran a la cama y Linda los demás, también se fueron a dormir.
En la cama, Linda le pidió a Beatrice que le siguiera dibujando, ella encantada lo hizo. Los chicos en cambio, fueron mucho más rápidos, se pusieron en dos butacas que había y una manta por encima, aunque no les sirviera de mucho, porque hacía bastante calor en ese hogareño lugar.

A la mañana siguiente, les dieron para desayunar lo mismo que en Ework, pan con  manteca y té. Cuando se despertó Evan, despertó al demás, puesto que tendrían que proseguir pronto.
 -Debemos acabar los campos de la esperanza y llegar al lago de la muerte. Ya no queda nada para llegar al castillo de Sir Kyle, luego solo faltará el bosque de la desesperación.
Acabaron a toda prisa el desayuno y Linda propuso lo siguiente:
-Podríamos bañarnos en el río, no creo que tengamos oportunidades como esta.-nadie quería, pero al final ganó Linda, porque les empezó a contar su vida de princesa, y se aburrieron tanto que cedieron.

Se bañaron por separados, y Beatrice vigilaría que Linda no estuviera más de diez minutos bañándose. Se asearon y por fin continuaron el viaje después de despedirse de la familia Mecheninik. 

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