Capítulo 10 Un día de paz y tranquilidad
Llegaron al pie de la montaña y
entonces Linda preguntó algo en lo que se había dado cuenta, pero no lo había
comentado.
-¿Alguno más se ha dado cuenta de que la
montaña está llena de nieve y hielo, pero en cambio sus alrededores no? -todos
se habían percatado pero no respondieron.
Al ver que nadie contestaba ni nadie
cantaba ninguna canción dijo:
-Deberíamos buscar un pueblo en el que pasar
la noche, comer algo, asearnos en un río...
-Aún son las doce de la mañana.-protestó
Beatrice.
-De acuerdo. Yo solo digo que por el camino
busquemos algo.-explicó Linda.
Nadie respondió nada, lo que Linda
pensó que era un sí. La muchacha, empezó a cantar de nuevo. Todos la siguieron,
otra vez. La verdad es que el paisaje era precioso.
Si echabas una ojeada hacia detrás
solo veían la gran montaña que acababan de escalar. Gélida como el hielo,
porque de eso estaba formada. También era preciosa, pero a decir verdad daba
mucho miedo, sobre todo si eras tan imaginativo como Linda, si te imaginas dragones, ogros y demás fieras atroces.
Si mirabas a la derecha, podías ver
diversas cosas; una gran montaña -que no era de hielo-, una cabaña abandonada y
praderas interminables con girasoles, amapolas, dientes de león, malvas, jaras…
Si observabas la izquierda veías;
montañas verdes, bosques con grandes robles y un río justo al lado de los
chicos. Linda ansiaba con creces bañarse en el río, porque en el castillo cada
día se bañaba en una gran bañera con pétalos de rosas de múltiples colores.
Su favorita siempre había sido la rosa roja, porque según una historia que le
contaron de pequeña, el rojo es el color del amor. Como siempre había sido tan
imaginativa y soñadora, le encantaba todo
lo relacionado con el amor, la belleza, los dragones, las aventuras… De ahí que
se escapara.
Los chicos siguieron caminando. Cada
uno sumido en sus pensamientos, pero esta vez no eran los mismos. Cada uno
pensaba en su hogar; Linda en el castillo, Beatrice en su aldea, Kyle en su
castillo e Evan en una pequeña choza en la que vivía. Estaba orientada cerca de
los establos reales, es decir al lado del bosque.
El pobrecito también vivía solo, pero porque a sus padres les habían
echado del pueblo por deslealtad al rey. Ocurrió cuando el chico tenía ocho
años, nada más y nada menos. Provocaron una revuelta que casi destrona al rey,
pero no ganaron. Les quitaron la custodia del joven para “no educarle mal”. El
niño no tenía más familia que ellos, así que… Les dieron dos opciones: o que
viviera solo en la choza o que lo mataran. Eligieron, obviamente, la segunda.
El muchacho no pasaba casi nada de tiempo en la cabaña. Tenía un horario muy
estricto; a las cuatro de la mañana en el castillo y nada de retrasos, a las
doce podía volver a casa. No le gustaba su horario a parte de por muchas otras
razones, porque nunca veía el amanecer ni el atardecer. Encima eran todos los
días a la semana. “¿No podrían darme una
habitación en palacio?” pensaba. El chico había vivido una vida muy triste
desde los once años.
Linda sin saber por qué, se dio la vuelta.
La montaña había desaparecido. Estaba atónita. Donde hace unos momentos había
una gran montaña, ahora había un kilómetro de camino. Casi se desmaya. Decidió
contárselo a sus amigos.
-Chicos,
¿no nos habremos imaginado la montaña?
-¿Estáis
de broma?-contestó Beatrice. Entonces se giró y puso la misma cara de Linda.
Los otros dos chicos se giraron y se quedaron con la misma cara que la de las
chicas.
“Un viaje con demasiada magia” pensaba
Linda para sí. El cuarteto decidió no darle más importancia y siguieron
caminando.
Pasaron todo el día caminando hasta
las nueve de la noche, que fue cuando encontraron un pueblo. Según ponía en un
cartel hecho con delicadeza y sin prisa, el pueblo se llamaba Bellasvistas. El
nombre era muy coherente, puesto que en los alrededores, había preciosas vistas, pero ellos no las
veían bien porque era de noche. El cielo estrellado en cambio, sí se distinguía.
Estaba teñido de un azul eléctrico muy peculiar con muchas estrellas.
Entraron en el pueblo despacio, pero aun había gente por las calles, un
hombre menudo y grandote se aproximó a ellos.
-Buenas noches -tenía un acento alemán que
nunca habían oído los jóvenes-. No les había visto nunca por aquí, ¿son
turistas?
-Viajeros. La palabra correcta para
nosotros es viajeros.-puntualizó Linda.
-Viajeros… No suena mal. Por cierto
soy Mathias Mechnik. Les sonará raro, pero ya habrán notado por mi acento que
soy alemán.-una sonrisa juguetona se dibujó en su rostro.
-¿Sabría usted si por aquí cerca hay
alguna posada?-preguntó Beatrice.
-La verdad es que aquí no hay posadas,
pero pueden alojarse en mi casa si quieren-respondió-. Tenemos varias camas de
sobra.
-Muchísimas gracias Mr. Mecheninik-dijo
Kyle.
-Se dice Mechnik, pero podéis llamarme
Mathias si os resulta más sencillo.
Todos asintieron con la cabeza.
-De acuerdo pues vengan.-Mathias se
los llevó a su casa, no muy lejos de allí.
Cuando abrieron la puerta les recibió
otra mujer con el mismo acento y preguntó:
-¿Quién son estos
jovencitos, Mathi?
Era rubia y un poco regordeta, tenía
el pelo recogido en dos trenzas desechas. Tenía unas grandes ojeras debajo de
sus ojos azules, y estaba más pálida que un vampiro.
-Chicos, esta es mi mujer, Christa Mechink-hizo
una pequeña pausa y añadió-. Mujer, estos son Kyle, Evan, Beatrice y Linda.
Necesitan una casa donde dormir por esta noche.
-¿Queréis conocer a nuestros
pequeñines?-preguntó Christa con una gran sonrisa en la cara similar a la de su
marido-. ¡Kinder!
-Así se dice niños en alemán.-nos aclaró
Mathias.
Una fila de ocho niños se formó. Iban
del más bajo al más alto. La más pequeña debía de tener cinco años y la más
mayor quince.
-Anna, Jürger, Christina, Manfred, Lotte, Rolf
e Ilse-dijo la mujer señalando primero a la más pequeña y acabando por la
mayor-. Vinimos aquí cuando el pequeño Manfred acababa de nacer, porque éramos
una familia numerosa y no cabíamos todos en la antigua casa. Mathias tenía un
tío aquí y nos vendió una casa. Tiene dos pisos, ya es grande y encima era
barata para tener bonitas vistas.
-¿Ustedes han cenado?-preguntó amablemente
Linda.
-Ahora poníamos la mesa.-respondió Mathias.
Podéis instalaros en las habitaciones. Christa, llévalos a las habitaciones.
-¿Queréis dormir chicas y chicos
separados?-preguntó gentilmente la mujer.
-Si no es mucha molestia…-dijo Beatrice.
-Entonces podrían dormir chicos salón y chicas
dormitorio invitados. ¿Os parece?
Las chicas asintieron y los chicos
igual.
-Saquemos mantas para chicos. Las chicas
podríais ir a la habitación a instalaros. ¡Ilse!
La niña preguntó a la madre algo en
alemán y ella respondió. También en Alemán.
-Venid conmigo.-dijo la chica. Se notaba que
no sabía mucho su idioma. Subieron por las largas escalinatas de caracol hasta
llegar al último piso.
-Mi habitación-dijo señalando una puerta-.
Vuestra.-dijo señalando la de enfrente.
-Disfruten.- la muchacha erguida, dio media
vuelta y bajo dando saltitos por las escaleras.
Linda y Beatrice se miraron un momento,
entraron y vieron dos suntuosas camas.
-¡Son mejores que la mía!-dijo Beatrice
dejándose caer sobre la mullida cama. Seguidamente y Linda sin saber por qué,
le arrebató la bolsa.
-¿Pero qué haces, te has vuelto loca?-sacó un
lápiz y cincuenta folios con un agujero hecho aposta. Estaban entrelazados con
un poco de hierba. La joven le devolvió la alforja a Linda-. ¿Qué hace eso ahí?
-No me conocéis del todo. Me encanta dibujar,
no puedo vivir sin un lápiz y un trozo de papel. Cuando dijisteis que zarpáramos,
cogí mi cuaderno y mi lápiz.-una sonrisa pícara hizo a Linda reírse a
carcajadas.
-¿Cómo lo hicisteis sin que me diera cuenta?
-No lo sé. De estos cuaderno tengo millones
los fabrico yo misma y dibujo en mi tiempo libre.
-¿Puedo ver los dibujos?-preguntó Linda.
Beatrice abrió el cuaderno y le enseñó sus dibujos, tenía unos veinte.
-Son buenísimos. ¿Me hacéis un
retrato?-Beatrice sonrió.
-¡Por supuesto!
Mientras
la dibujaba, Linda le dijo:
-¿Tenéis dinero para tantos folios y no para
una buena cama?
-Me importan más un puñado de folios que
dormir bien. No es como a la mayoría de gente, pero es así.-Linda no respondió.
Estuvo dibujando bastante rato, hasta que
por fin Christa gritó:
-¡Kinder, Abendessen ist ferting!-cuando la mujer se dio cuenta de que había
ingleses dijo- Perdonen, ¡la cena está lista!
Las
chicas bajaron corriendo y se sentaron en la mesa, en la que todos aguardaban ya
esperándolas. Un niño, Manfred, empezó a bendecir, también en alemán. Cuando
acabó, todos empezaron a cenar comiendo grandes manjares; pollo, sopa, pescado,
fruta, verduras… Todo estaba delicioso, pero la familia se olvidó que tenían
invitados, y volvieron a hablar en su idioma. Los ingleses a su vez, también
hablaban entre ellos; sobre los mejores momentos de la aventura que estaban
teniendo, los peores, los más difíciles, su vida en casa… Cada vez se empezaban
a conocer más.
Todos
estaban cambiando; Beatrice descubría que los chicos no eran tan horribles; Evan
que su señor, a veces podía ser majo; Linda aprendía que el mundo de aventuras
también era cansado, y tenía momentos muy difíciles; y Kyle era el que más
estaba cambiando, estaba aprendiendo que la vida de los plebeyos no era tan
fácil, y que los verdaderos caballeros eran más valientes que él, teniendo de
ejemplo a Linda que sin haber salido nunca de su castillo, era muy valiente.
Pero no solo eso, también estaba aprendiendo que hay gente por la que merece la
pena preocuparse; como los amigos.
Cuando
llegó el momento de acostarse, Christa les dijo a sus niños, en alemán, que se
fueran a la cama y Linda los demás, también se fueron a dormir.
En
la cama, Linda le pidió a Beatrice que le siguiera dibujando, ella encantada lo
hizo. Los chicos en cambio, fueron mucho más rápidos, se pusieron en dos
butacas que había y una manta por encima, aunque no les sirviera de mucho,
porque hacía bastante calor en ese hogareño lugar.
A
la mañana siguiente, les dieron para desayunar lo mismo que en Ework, pan con
manteca y té. Cuando se
despertó Evan, despertó al demás, puesto que tendrían que proseguir pronto.
-Debemos acabar los campos de la esperanza y
llegar al lago de la muerte. Ya no queda nada para llegar al castillo de Sir
Kyle, luego solo faltará el bosque de la desesperación.
Acabaron
a toda prisa el desayuno y Linda propuso lo siguiente:
-Podríamos
bañarnos en el río, no creo que tengamos oportunidades como esta.-nadie quería,
pero al final ganó Linda, porque les empezó a contar su vida de princesa, y se
aburrieron tanto que cedieron.
Se
bañaron por separados, y Beatrice vigilaría que Linda no estuviera más de diez
minutos bañándose. Se asearon y por fin continuaron el viaje después de
despedirse de la familia Mecheninik.
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